LA CURVA DE A GRANDEIRA

¿Cuántas curvas de A Grandeira hay en España? ¿Cuántas veces ha pasado un tren rápido por ellas? ¿Cuántas carreteras peligrosas? ¿Cuántos conductores cansados o borrachos? ¿Cuántos curas pederastas confensando a niños? ¿Cuántos pilotos inexpertos? ¿Cuántos capitanes de trasatlánticos incapaces y superficiales? ¿Cuántos submarinistas poco preparados? ¿Cuántos cirujanos con el pulso tembloroso?  ¿Cuántos camioneros enloquecidos? ¿Cuántos jueces ideologizados? ¿Cuántos vigilantes de los vigiladores? ¿Cuántos inspectores de cada encargado de obra, de cada arquitecto, de cada médico, de cada químico, de cada ingeniero, de cada padre Bretón,  de cada madre homicida…?

¿Cuántas medidas de seguridad hace falta establecer para que no pase nada, para que las muertes se sucedan de una en una y no nos asustemos, para que ningún ser humano sea el último responsable de cada decisión, de cada maldad, de cada desidia, de cada error? ¿Quién entonces, o qué, es siempre el último responsable de todo lo que ocurre, ha ocurrido u ocurrirá? ¿El aire? ¿La suerte? ¿La providencia? ¿El vecino de enfrente? ¿Cualquiera menos yo?

Caso curioso: un español  dramáticamente equivocado, inequívocamente culpable de una enorme tragedia, confiesa voluntariamente, y justo ahora, nos empeñamos en buscarle compañeros a su culpa. Es responsable y culpable. Él y miles y miles de españoles más que toman decisiones equivocadas a propósito y son delincuentes que deberían ser juzgados por la justicia, o sin propósito, y son igualmente responsables mientras un juez no los declare culpables.  Todo lo demás es pura basura, puro autoengaño, puro teatro.

Es tan sencillo como saber que es de día mientras brille el sol. Pero tenemos que llenarlo todo de mierda, buscarle las tres patas al gato, mirar a todas partes buscando sombras, sospechar de algo más o de alguien más, meternos  todos en el ajo, sacar partido y publicidad, conseguir salpicar a quien nos interesa, salir en la tele, vender programas y periódicos, ganar audiencia… ¡Una enorme bola de mierda! Al final, el culpable de tantas muertes es el único personaje digno de toda esta historia, el héroe negativo, el que ha sido capaz de mantenerse firme y reconocer en privado y en público que su error ha costado la vida de muchos seres humanos y que la muerte sería un buen consuelo para él.

Si esto sigue así, voy a pasarme al bando de los malos. Los que están fuera de la cárcel, incluida una enorme caterva de periodistas y sus amos perreros, hieden ya de manera insoportable. En otros lugares, la duda sobre la honorabilidad de un personaje público supone su suicidio: aquí disfrutamos dudando, mintiendo y riéndonos de los demás. Si se estableciera tal suicidio como castigo para los que no tienen idea de lo que es el honor ni la dignidad, nos quedaríamos solos unos quince o veinte, y probablemente, seríamos todos turistas japoneses.

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