MY DIAMOND BABY

Parece mentira, pero la gente se pirra por participar en juegos de lo que antes se llamaban videoconsolas, me refiero a gente… madurita, bastante madurita, incluso con hijos y nietos.

La mayoría son hombres y lo digo porque lo he investigado a conciencia. Conozco a algunos que abandonaron hace mucho tiempo gran parte de sus obligaciones en la tribu como compañeros, padres, amantes, trabajadores, etc., para dedicar la mayor parte de sus energías a participar en juegos en 3D, donde héroes animados se desenvuelven en aventuras más o menos sangrientas.          

Como si no hubiera pocas aventuras en la vida real, y algunas tan sangrientas o más, algunos padres de la patria se aficionan de tal manera a estos juegos, y a otros, que se olvidan, incluso, de decirles a sus familias y aledaños que no están enfermos ni cansados, que no están acabando un trabajo en la oficina, que no preparan un proyecto ni están escribiendo un libro, sino que están jugando al My Diamond Baby, por poner un ejemplo.

Este juego está lleno de japoneses, sobre todo entre los que juegan, lo digo por si alguien lo ve como un acicate para entrar, pero también se presenta en inglés y en japonés, y eso convierte el acicate en elemento disuasorio, aunque el jugador adicto se las sabe todas y no necesita ni leer instrucciones ni entender lo que dicen los héroes. Son capaces incluso de chatear con sus contrincantes aunque no entiendan ni papa.

Conozco a algunos de estos jugadores y dan miedo. Uno tiene dos hijos propios, de ADN propiamente dicho, y una esposa abnegada. El caballero en cuestión se pasa la vida en Internet, jugando a los mismos juegos que su hijo pequeño, pero triunfando entre adolescentes que, no conociéndole, le consideran un máquina . Se graba jugando y lo cuelga en YouTube para que todos aprendan algo tan edificante como saber matar al malo cuando aparece por la espalda o como trincar recompensas. En un hombre de cuarenta y tantos años queda un poco raro, más si tiene hijos a los que servir de ejemplo.  Mi reparo no es la rareza, sino cuánto tiempo de su vida dedica a semejante tontería y quita a otras actividades, y lo que es peor, qué parte de su familia sabe que lo hace y cuáles son las consecuencias que semejante discordancia crea en su entorno. El peligro que corre por estar enganchado  lo contabilizo aparte.

El otro personaje, empezó a jugar a raíz de un fracaso sentimental, y seguía jugando en 2005, cuando hacía muchos que su pareja y él habían acordado que no iba a entrar a Internet, lugar que lo tenía abducido desde mucho antes y que le había procurado la ruina, económica y social.

Pero la adicción era más fuerte que él y jugaba, entre otros, al famoso  My diamond Baby a espaldas de su mujer, a quien juraba y perjuraba que no lo hacía y a quien echaba en cara que inventaba maldades contra él. En los primeros días de febrero de 2005 seguía enganchado al tema, como siempre, ocultando su adicción. Jamás dejaría de jugar y de entrar en chat y demás páginas, y jamás dejaría de negarlo y de adoptar una  postura agresiva ante quien lo sospechaba o lo sabía con certeza absoluta. En octubre de ese mismo año, su mujer sufrió un gravísimo accidente y luego los dos sufrieron una gravísima separación de la que no volvieron a sanar jamás.

Seguramente, merece la pena para ellos, pero a los que todavía os mantenéis a su lado, os digo: todas las adicciones causan dolores y problemas parecidos. Arrastradlos, si se dejan, a donde les puedan curar. Es la única manera de salvarles la vida, al menos, la vida afectiva y social. La madurez mental no les ha tocado en el lote.

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