MUCHOS… SOLOS

Masas humanas, masas humanas que se lanzan contra otras masas, que corren al unísono ante el peligro, que saltan y brincan hasta caer exhaustos. Masas informes, inconscientes, necesitadas, no se sabe por qué, de sudar juntos, de gritar juntos, de sufrir y llorar juntos, de cantar juntos, enfebrecidos en una liturgia de manada que parece seguir impresa en los circuitos más profundos de nuestro córtex cerebral.

Y el desastre suele aparecer porque las masas ingobernables se mueven solo por el miedo o la ira, ciegos ante el otro que solo es un pedazo del todo y no tiene ya ningún significado para el que lucha por sobrevivir en un accidente múltiple, en el desastre de un macro concierto, en la angustia de una gran manifestación que se ha convertido en un embudo, en una carrera de los sanfermines, en una explosión de pánico, en la huida de la guerra, en la búsqueda del agua, en la toma de territorios sin explorar…

Por sobrevivir, ahí tiene su lógica y su excusa. No hay más remedio: los más fuertes llegarán antes al agua, cogerán los mejores territorios, se salvarán de los disparos. Otras veces, serán los más listos o los que tengan más suerte, pero la meta es la supervivencia y ahí no hay tratos, palabras, derechos humanos ni ética que esgrimir.

Pero… ¿y aquellos que voluntariamente se exponen a la destrucción entre la masa? ¿Y aquellos que buscan la cercanía de cientos o miles de desconocidos para divertirse solo con los cuatro o cinco que están al lado sintiendo el ruido y la carne de los otros cientos  como un esférico telón de fondo, como un  coro inmenso , como una sorda explosión de vida irracional?

Dentro de enormes autobuses, de increíbles aviones como rascacielos flotantes, de trenes cargados de fruta humana, en procesiones, en fiestas donde los individuos desaparecen entre los tropezones de un guiso hecho a base de otros cuerpos, borrachos muchas veces, sucios, embravecidos, gritando, corriendo. ¿Qué lleva a muchos seres humanos a buscar semejante puesta en escena? ¿Qué sienten, qué les aprovecha?

Habría muchos que se quedarían solos, completamente solos, solos y arruinados si no les aprovechase. Viven y han vivido siempre de vender sanfermines en lata, macro conciertos en lotes rebajados, fiestones, encierros, botellones, rascacielos, autocares inmensos, autobuses de dos plantas y de dos cuerpos, trenes interminables, trasatlánticos que no se hundirían jamás, hoteles abarrotados, hogueras de San Juan para todos. ¡Las masas al hoyo y los de siempre, al bollo! Estoy segura de que jamás ha muerto ninguno de los organizadores entre las masas.  ¿Por qué coño será? Seguramente porque estos pertenecen al grupo igualmente grande de los que prefieren la comunicación digital, de los que se sienten más cómodos cenando con la parienta a través de una pantalla de plasma, que no produce olor, y a la que se puede bajar el volumen. Rajoy ingresó en el club no hace tanto. Muchísimos jóvenes cenan con sus amigos mientras whatssupean (¡cómo porras se escribirá ¡) con terceros, con los ojos de chino estreñido clavados en la mini pantalla de su alma cibernética.

Entre aquellas masas incomprensibles de humanos unidos en gritos sordos y estos solitarios enamorados del mundo en 3D de laboratorio, no sé dónde ponerme.

La posibilidad de comprarme un caballero de plástico robotizado aparece como una solución intermedia muy práctica. Puedo, incluso, guardarlo en el armario, no huele ni hace ruido y no corro peligro de aplastamiento. Estoy mirando precios.

NOTA DE LA AUTORA.: Vi la película en cuestión en el antiguo cine Amaya de Madrid y recuerdo el revuelo y el escándalo que causó el estreno de Tamaño natural, de Berlanga, aunque Berlanga siempre causaba escándalo y revuelo porque se paseaba, barbudo y erótico, por el filo afilado de la navaja. Estrenada en 1973, me impresionó la interpretación de Michel Piccoli, todavía me impresiona.

En España, el año de la muñeca rediviva acabaría con el vuelo del almirante. El Opus surtía de sangre las venas de la patria y todo se movía hacia la crisis, hacia el cambio, hacia otra orilla.

No sé si han cambiado mucho las cosas en tantos años. No tuve oportunidad de preguntar a Berlanga de dónde había sacado la muñeca. Creo que los japoneses las han mejorado mucho, pero no sabría deciros cómo haceros con una: yo no he sido capaz de encontrar lo mismo, pero en muñeco. Hay cosas que, desde luego,  no cambian.

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