MADRID RÍO…

Ayer me acerqué por primera vez, en vivo y en directo. Y me espanté. Donde recordaba puentes de piedra renegrida y paseos románticos con bancos grises rodeados de cáscaras de pipas, hay explanadas inmensas de granito, flanqueadas por hectáreas de árboles frutales, clónicos y geométricamente plantados, que parecen ejércitos en miniatura. Todo artificio y enormidad. Los madrileños  hispanos, no españoles quiero decir, lo aprovechan en algunas zonas, las más verdes, para pasar el día, exactamente igual que hacíamos los madrileños de andar por casa en nuestra Casa de Campo, fronteriza y amiga del río, en otras épocas. Ahora, los ciclistas azotan a los caminantes a toda velocidad, los perros olisquean y se bañan en el río y por todas partes hay vallas metálicas, luces de lead y escaleras. Ni el chiringuito se parece lo más mínimo a aquellos otros en los que había hasta merenderos.

En el bendito río se bañaba la gente, se paseaban los novios, se celebraban verbenas, se escondían los adúlteros, se montaba en barca y se celebraban meriendas y comidas familiares. Pero llegó el progreso y la M-30, y sus venas de gasolina y neumáticos abrazaron tanto al río que casi lo ahogaron.

Ahora, liberado del abrazo de combustible, se ha hecho la cirugía, se ha puesto bótox y pechos de silicona, y todo él parece un rascacielos tumbado, un monumento a la grandeza patria, salpicado por granos de nostalgia, como la ermita de la Virgen del Puerto, sola, o los puentes que cruzaban el río, con las garitas antiguas de los guardas de las compuertas.  Se han traído las columnas de la antigua Puerta del Rey, para que vigilen como champiñones gigantes y fuera de lugar el nuevo puente; detrás, el antiguo Palacio de Vargas y el huerto de frutales, ahora clónico, artificial y artificioso.

El agua parece de plástico, de papel film, del mismo que uso para la cocina: ni se mueve, ni huele. Sin embargo, el Palacio Real y los rascacielos de la Plaza de España siguen vigilando el horizonte y dándole forma. La Almudena, como siempre, desentonando, convertida en un cangrejo gigante, deforme y fea.

Eso sí, los mosquitos siguen apalancados en las orillas y algunos vagabundos, escondidos bajo los árboles aún raquíticos, en las lomas, comen pipas, con los pies descalzos, el pelo desgreñado y la mirada perdida. Buscan, seguramente, el olor de otros tiempos tan perdidos como su propia mirada. Bendita nostalgia.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s