ROMA BELLA

Neptuno me miró con cara de aquiescencia cuando vio que, por fin, acudía a la cita, un poco más tarde, cuando ya el sol no le cegaba, pero sumisa y feliz, encantada de encontrar un huequecito a sus pies de agua para sentarme y recordar, para volver a pedir, para descansar.

Los cuatro costados del centro de Roma se desangran en estupor, en grandeza, en magnificencia. Sus columnas y capiteles, sus arcadas y sus cúpulas te acosan, te llaman y te guiñan un ojo y luego otro desde todas las esquinas, desde todas las avenidas, desde cualquier parte. Todo es excesivo, gigantesco, incomprensible, tanto, que da vértigo sentir bajo el frío del mármol el roce de otras manos, de cientos de manos que acariciaron el mismo mármol y abrazaron las mismas columnas hace ya casi dos mil años. Basílicas para gigantes inabarcables, lienzos kilométricos, pinturas barrocas, volutas, hornacinas, papas momificados, paseos infinitos… y el sol y la lluvia regando Roma, inundando Roma, abrillantando Roma.

Grifos de pedales, cantantes calvos, pizzas de cuatro formaggios, casata, limoncello y un manciato para rematar la faena, una faena tan torera que casi dan ganas de salir de allí a ritmo de pasodoble, Via del Corso adelante, con la Piazza Venezia al frente y la del Popolo resoplando en la nuca.

En Termini, mendigos y vagabundos, demasiados, poblando los canalones, agotados y sucios, compartiendo charco y luz con inmigrantes africanos  e hindúes comerciantes. Turistas en bandadas, inundándolo todo, comprando lo justo y trotando como una punta de ganado.

Pícaros para el turista, chulería en los gestos, indiferencia a lo raro y a lo distinto, las dos líneas de metro de Roma se alimentan de grupos de locos, con los ojos abiertos, buscando una nueva cúpula o un nuevo frontispicio que engullir mientras alguien le descarga del peso de la vida y de la cartera en un mismo gesto.

En la maraña de esta Roma contradictoria y ruidosa, el castillo de Sant’Angelo permite seguir cogido de la mano de la belleza infinita, asomado a los arcos de su cuerpo cilíndrico, mientras el Tíber, verde y tranquilo, marca la frontera entre papas y emperadores y la vida del Trastevere. El paisaje no se puede explicar ni describir. La historia y la belleza se han quedado dibujados a fuego y para siempre en el corazón de Roma.

En el mío, el recuerdo y la promesa de volver a volver, porque yo, Roma, ti amo.

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