SOLTERONES

Escuché no hace mucho a una mujer dura como el pedernal  a fuerza de aguantar el tipo, que sabe desde hace mucho tiempo que algún día  la encontrarán en su casa como un pajarito. Y la metáfora es cruel: las patitas tiesas, boca arriba y seca como la mojama.

Pero ella es fuerte, muy fuerte, y sabe que está sola, completamente sola desde que era joven y asumió que quería estarlo porque no se sentía capaz de soportar a nadie, porque no tenía empatía, generosidad ni paciencia suficientes para aguantar a nadie; sabía que le daban asco las cacas de los niños, que no toleraba que ningún hombre le levantase la voz y que no estaba dispuesta a esperar a ninguno ni a soportar sus tonterías de niño con barba. Y ahí va por la vida, sorbiéndose las lágrimas y sacando pecho, asumiendo las consecuencias de sus decisiones y mirando al frente mientras dure.

Pero es un pajarito loco, un bicho raro, muy raro. La mayoría de los maduros y maduras solterones que conozco, y conozco a varios, no piensa así. Andan por la vida como si no supieran en qué consiste convivir, como si jamás hubieran tenido que ir a trabajar sin dormir durante varias noches por cuidar de un niño o de su parienta o pariente, como si el riesgo de perder el trabajo no fuera una tragedia que nos convierte  en locos capaces de venderse por dinero o de mentir para conseguirlo con tal de no presentarse en casa con las manos vacías. Los solterones no entienden lo que es soportar noche tras noche los ronquidos del otro o no poder disponer de la ducha cuando te hace falta o lavar las cacas de mayores y pequeños día tras día, año tras año, o sentir que eres la responsable de sus fracasos o que no te diste cuenta a tiempo de que tenían fiebre y eso ha hecho más larga y más peligrosa su enfermedad. Esperar a que lleguen para asegurarte, sin abrir la boca, de que no les ha pasado nada mientras terminas de cuajar la tortilla de patatas, meter dinero en sus bolsillos para que crean que lo olvidaron, bajar la vista cuando alguien señala los vicios de tu pareja, sonreír para no agravar su estúpida bravuconería con el taxista que le saca medio metro, ahorrar como una hormiga por si se casa el cuñado y hay que comprar trajes y regalitos, intuir que le ha pasado algo, solo por el tono de la voz en el portero automático, imaginar que se acuesta con otra porque ya no te hace ni caso, cuidarle cuando se muere de miedo  al sentir los dolores de un cólico, mediar en sus peleas, llorar a escondidas para que no se preocupen …

Los solterones que conozco parecen vivir en estado larvario. La falta de experiencia en el cuerpo a cuerpo, la pureza de su mente incorrupta, la levedad de su sangre vertida en ninguna batalla les convierte en memos de cincuenta y muchos o más. Suponen que imaginar y vivir viene a ser lo mismo y que una vida entera dedicada a su propia adoración, comodidad  y alabanza puede servir para alguna otra cosa. Y no sirve. A no ser que se trate de pajaritos raros, capaces de dar, sin haber aprendido antes, todo lo que tienen y lo que son. Ciencia infusa, que diría aquel. Imposible, digo yo.

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