EL ÁRBOL

Íbamos paseando, cansadas de tanto ir y venir y de tener los ojos llenos de imágenes, plenos de luz y a punto de reventar. Y nos sentamos bajo un árbol, un árbol enorme, uno de esos árboles que tienden un brazo hacia delante, o a un lado, como buscando el abrazo, como pidiendo limosna, como ofreciéndote asiento, como buscando otra sombra…

Y ella, de repente, se levantó, se acercó al tronco del árbol viejo y se abrazó a él, sonriendo, como si fuera el amante de la adolescencia al que abrazas a escondidas en un rincón del pasillo de los baños, durante el recreo.

Me dio vergüenza, imaginé qué pensaría la gente y le pregunté por qué hacía semejante cosa. Me respondió que los árboles están vivos, que devuelven el abrazo y te llenan de energía.

No sé a qué teorías místicas se refería, a qué energía o a qué vida. El escepticismo se apoderó de mí hace muchísimos años y creo muy poco en los seres humanos ¡como para creer en los árboles!

Sin embargo, hace unos días, me subí a otro árbol, a uno que he visto crecer, vestirse y desnudarse  primavera  tras otoño, año tras año. No había nadie que pudiera confundirme con otra loca adolescente, así que me senté en su brazo largo y tendido, fuerte como un sofá de cuatro plazas y me cogí a una rama enorme, gorda y pujante que crece en uno de los brazos del sofá. Perdida en su interior, nadie hubiera podido descubrirme; paseé las manos por la corteza rugosa y seca que se caía en polvitos finos y me enseñaba miles de cicatrices, gotas de resina y  recuerdos de pájaros, y mientras veía su vida a través de sus brazos, veía la mía a su lado, veía el horizonte vacío y sus hojas bailando al son del viento y la luz que se colaba entre las ramas y el silencio que asesinan los pájaros y pensé que solo estábamos él y yo y la vida y que el tiempo es absurdo y que nada permanece y que en aquel momento el árbol lo sabía.

Y lloré abrazada a la rama, sentada en su cintura, olvidada de todo y de todos, como uno de los pájaros que duermen en su vientre, como perdida en el tiempo, como si nada de lo que pasa tuviera importancia, como si todo lo que me duele fuera fantasía, como si nunca hubiera pasado nada, como si hubiera nacido sobre la rama del árbol viejo y no fuera  nunca, nunca, a separarme de él.

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