NUESTRO HERMANO, EN EL FERNÁN GÓMEZ

Pues no. El argumento era fútil y absurdo: una mujer de pueblo que vive en un caserón viejo con el hijo minusválido fallece y aparecen las dos hijas, cada una con su carácter: la mayor, arisca, mandona y desagradable, siempre, sin matices, gratuitamente. La otra, insípida, desdibujada, anodina. El hijo, que se maneja a base de los tics de siempre (voz gangosa, boca torcida y manos torpes), tics que impiden en muchas ocasiones entender su parlamento, habla como una vieja de pueblo, repite tópicos manidos y parece la voz de las consejas, sin más análisis ni más reflexión.

Los personajes no dan la talla, están sin terminar, sin perfilar. Son monigotes de comedia de salón, sin embargo, el tema que abordan es de tal calado que la mezcla resulta patética. ¿Se trata de hacer reír presentando la caricatura de un anormal o se trata de decir que el anormal conoce el sentido de la vida, aunque todo su mérito sea querer quedarse en su casa y coleccionar cupones de la ONCE?

Si el autor se hubiera arriesgado a hacer una simple comedia burlesca utilizando a un tonto como contrapunto (hay cientos de ellas) y la hubiera llevado al terreno de la reflexión, del compromiso, del riesgo o de la originalidad, o hubiera decidido, valientemente, hacer una comedia de vodevil con tres monigotes caricaturescos: la mala, la insípida y el tonto, solamente para pasar el rato, no hubiera habido problemas.

La interpretación, imposible. Había poco matiz para tensar arco alguno y los tics del hermano minusválido están tan  manidos como los chistes fáciles que salpican la obra.

El problema suele ser, siempre, el empeño de los que venden, sean quienes sean, en la falta de honradez. Vendemos gatos por liebres. Se parece mucho al amor de los ochenteros de la movida por ensalzar las cualidades y la estética de cantantes que, en la época de Franco, hacían furor a base de tópicos manidos, nacionalismo y machismo baratos y soniquete de rumba al por mayor. Parece que la cultura consiste desde hace mucho en eso: gatos por liebres y todos aplaudiendo sonrientes. Los clásicos ya conocían el engaño y sabían quiénes eran las cultas latiniparlas o los eruditos a la violeta. De culturetas pedantes, modernos de fachada y posturitas a la última está el mundo lleno. Lo malo es que muchos cobran del erario público y en su caso la calidad debería ser una condición irrenunciable, sobre todo, porque la mayor parte de ese dinero sale del bolsillo y del trabajo de muchos a quienes esta moderna cultura les está vedada, por y sin definición.

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