LA ISLA DE LOS ESCLAVOS EN EL FERNÁN GÓMEZ DE MADRID

Recordaba más complejo a Marivaux, más profundo, más retorcido, algo más. Pero la isla es un círculo op-art y los cinco actores  no llevan más atavío que vestidos y túnicas en blanco y negro: la túnica y la espada del poder.

La casualidad ha mutado en amos a los esclavos y el perdón final de aquellos, mejores amos que sus antiguos señores, inocente apreciación tan poco realista como el teatro del XVIII, deja en tablas la situación, aunque alguien debe tomar el poder, alguien debe ostentar la espada, y el hábito hará al fraile, amo o esclavo.

Así de fácil. Así de importante. Todo en el envoltorio frío y arquetípico de la época. Todo matemático y biológico, todo equidistante tanto de la realidad sangrante como de la fantasía, enemigas ambas de la didáctica.

Frialdad en el escenario y en los parlamentos, salvo por la comicidad el esclavo, tomada quizá de cierta admiración de Marivaux por la Comedia dell’Arte.

Todo correcto. Ni una pasión ni una locura ni un error. Alguna interpretación anodina, ajena al perfil del personaje, pero, en general, la corrección es la norma imperante. No resulta pesada, no alegra la vida ni deprime el espíritu. Una buena lección.

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