EL FARO DEL FIN DEL MUNDO

Parece increíble que pase la vida y nos pase, nos adelante, nos arrebate las horas y los minutos sin darnos apenas cuenta de que nos ha dejado en la cuneta, muy atrás.

Y es que no somos capaces de valorar lo que tenemos a veces en la palma de las manos, entre los dedos, en la comisura de los labios, en las axilas, bajos los párpados hinchados, en la misma garganta, en la punta de la lengua, en los dientes gastados o en el dedo más gordo del pie: un ramillete de felicidad, pequeño, eso es cierto, pero pujante, creciente, esperando… Y sin embargo, se nos va. No somos capaces de entender, de mirar desde arriba, como los pájaros cazadores, de mirar a lo lejos como un búho en la noche, de otear, de sopesar, de valorar. No somos capaces de entender…

Luego, cuando pasa la vida y la noche y el día, a veces se nos ocurre que era tan simple como atreverse a no fingir un rato, como lanzarse al silencio otro poco, como esperar todavía un poco más, como no haber abierto aquella puerta o no haber tendido la mano o, simplemente, haber dicho un no rotundo y cruel, tan sencillo, tan fácil.

¡Pasamos tan corriendo y tan de puntillas buscando la olla al final del arco iris…| No vemos más acá. Después, cuando el cansancio nos puede y no queda más remedio que sentarse a tomar aire, miramos atrás y todo, absolutamente todo, ha desaparecido, como en una noche de niebla espesa. La pared contra la que buscábamos seguridad se ha volatilizado, el lazo de purpurina, el árbol de Navidad, las risas de los niños, el loro del pirata, la caricia encendida, la voz de oro, el cordón de tu corpiño…, todo se ha evaporado en el tiempo, todo se ha consumido y ya no podemos volver. Ahora, mucho más cansados, tenemos que seguir andando hacia adelante, sin el saco de los sueños, ligeros de esperanza, sueltas todas las amarras, perdida la brújula, apagada la luz. Ya no hay mucho que descubrir, poco que esperar, nada que temer. Ahora ya somos libres de seguir o de sentarnos, de correr o de arrastrarnos, pero nunca de volver.

Allá, a lo lejos, no hay ni una señal que nos marque el camino, ni siquiera el brillo de cartón de piedra de las moneditas de oro, ni el canto de las sirenas, ni el cuerno del cazador, ni los tambores de guerra, ni una puta luz en el fin del mundo. Ni una puta luz.

 

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