¡QUE VIVA MÉJICO, CABRONES!

Era guapo,  muy guapo, al menos en aquella la época. Con un bigote aliñado que entonces servía de mampara, bandera y lanza a la mayoría de machitos y machotes que se plantaban con las piernas abiertas, pidiendo guerra y atrapando corazones por uno y otro lado del Atlántico.

Todos los machotes del mundo hispano llevaban bigote, pelo rizado y engominado, sonrisa franca, piernas de caballista y mirada de gaché.

Él, más que ninguno. Tenía locas a todas las mujeres y celosos a todos los hombres. Sé de alguna mujer buena y decente que guardaba su foto entre los misterios de su alcoba, oculta entre pañuelos y gasas, medias de seda de ligero y bragas de algodón. Y la guardaba como si fuera un pecado el solo hecho de pensar en el hombre, en aquel mejicano sonriente y morenazo que parecía decirte “te adoro” solo con mirar la parte de atrás de su fotografía. En ella, sonrisa de luna piel de canela y cabello de acero, vestía un smoking blanco, impoluto y una pajarita blanca también. Todo un pedazo de hombre.

Yo me sabía aquello de “allá en el rancho grande…” mejor que el padrenuestro y eso que lo segundo era el retintín de mañana y tarde de los niños de mi generación.¡Y aquellos gallitos de su voz y las piernas abiertas, plantado en medio de la imagen en blanco y negro, los brazos en jarras y la cabeza hacia atrás, siempre provocando como un gallo de pelea, la media sonrisa y el sombrero charro ladeado a veces, chuleando, sensual, apalancado en el suelo como un árbol de puro bambú…!

Dicen las malas lenguas que un machito del régimen, del régimen franquista,  le bajó los humos en uno de sus viajes a España por una inconveniencia que el famoso cantor y actor dijo en alto. Me da igual: era guapo a rabiar, chulo de morirse, cantaba de maravilla y se parecía a muchos de los hombres de mis sueños de infancia. Se parecía a todos. Sueño de macho de vida apasionada, acompañado por las mujeres más bellas, militar de planta y de casta, cantante, actor, caballero en su caballo, ídolo de masas y muerto de enfermedad brutal, joven y en plenitud. No se puede dar más juego a cualquier sueño. Por el recuerdo y su gloria, ¡que viva Méjico, cabrones!

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