REGALOS DE NAVIDAD

Recorro de nuevo aquellos lugares, sin querer, porque la vida me lleva y me trae, como a todos, y volvemos por el camino del círculo a lugares que también lo fueron todo para nosotros.

Y rememoro  la ansiedad, el deseo, la intensidad enfermiza que me ahogaba cuando esos mismos lugares eran la meta de todos mis sueños, de todos mis planes. Aquellos lugares, que no eran bellos ni limpios ni siquiera agradables, aquellos lugares donde el oso tenía la guarida, aquel oso hormiguero, extraño y loco y su cueva miserable, sucia y llena de recuerdos pardos, oscuros y culpables, donde quise hacer una casa, un pequeño hogar colgado del cielo.

Recuerdo los adoquines sucios de las calles de Madrid, llenos de restos de orines, con lugares atestados de ludópatas y putas más o menos declaradas, la ropa desgastada de usarla y usarla, limpia y cepillada, pero vieja. Los trapicheos, las deudas, las mentiras y el juego sucio de la supervivencia al chaspar, de espaldas a la realidad, ocultos a la luz, mediocres, escondidos entre las telarañas del miedo.

Y recuerdo aquella noche, paseando colgada de su abrazo por la cuchilla brillante de aquella enorme avenida, recién llovido, oliendo a humedad de asfalto, patinando sobre el espejo de la calle iluminada y solitaria, los dos solos en el mundo, mientras a lo lejos, a nuestra espalda, sonaban aún los mariachis.

Y recuerdos miles y miles de peldaños oscuros y estrechos y los ventanucos que vomitaban su estrechez iluminada sobre la noche de Madrid. Y la voz al otro lado de la puerta, y la calle, llena de ruidos ajenos, de paisajes ajenos, de ojos ciegos y carnes de cartón, cuando  mi mirada y mi cuerpo solo entendían un idioma y veían una dirección.

En la bola de cristal y nieve de muchas navidades como esta, se ve la noche de aquellas noches, de muchas noches de café y frío, de paseos de locos ciegos, de pulsos reventando, de manos cosidas, de ilusiones rebosantes, de esperanzas finalmente estériles.

Entre el gentío que compra regalos de Navidad, baratos y en rebajas, mi mirada atraviesa los recuerdos, como si fueran mantequilla, y sonrío.  La avenida inmensa es un río de luz y los niños gritan y lloran, miran los árboles y exigen regalos, como ayer, como mañana, como siempre.

 

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