LA FELIZ NAVIDAD

Se quedaron lejos, tanto, que apenas parecen  nuestras propias navidades de niños. Los recuerdos de entonces tienen la apariencia de películas de la época del abuelo o sueños de esos que uno guarda en algún archivo del cerebro, solitario, sin nombre y descatalogado.

Hoy  alguien, pequeño todavía pero no tanto, me ha dicho que espera lo que le traigan los Reyes Magos, pero que no ha pedido nada especial: sabe que este año no están boyantes y que él no se ha portado bien. Los demás, la mayoría, esperan  objetos prácticos y dinero, como si los sueños, aquellos sueños, no tuvieran ya ningún sentido.

En mi calle, casi nadie ha puesto luces intermitentes, de esas horteras, en las terrazas. La calle está  muy elegante, pero oscura y triste como nunca.

Aquellas navidades de niños no se parecen en nada a las de ahora. Es como si el olor a mazapán y a cordero asado, el aire a pandereta, a baile entre familias, a copita de licor de café, se hubieran muerto y enterrado en algún rincón del olvido. No eran más ricas que estas, ni mucho menos, pero había niños inocentes que esperaban lo que fuera, incluso lo imposible, padres ilusionados que estiraban el dinero que no tenían y hacían de los paquetes una joya artesana, tan bonita o más que lo que había dentro, madres que fabricaban dulces baratos y cenas vistosas, mesas con adornos y mantelería de fiesta. Había abuelos que intentaban atrapar el turrón con un par de dientes, narices coloradas de vinito del bueno, lotería de postre, con cartones del bisabuelo, adornos artesanos y alguna guitarra que destrozaba alguno de los villancicos de Raphael, todavía con dentadura propia y sin el nananananá  nanana de marras.

Lo que pasa es que nos hemos hecho mayores y como dice mucha gente de mi quinta, las navidades son para los niños y los abuelos, a los demás nos sobran. Los demás nos cargamos de trabajo y de gastos, de obligaciones y tensión, de recuerdos dolorosos y de ausencias imborrables, de remordimientos y buenas intenciones que jamás cuajarán: lo sabemos de memoria. Algunos, incluso, las pasan en un hospital, en la cama o al lado de ella, que a veces tanto da. Otros, siguen incapaces de entender nada una navidad tras otra, fastidiando a los que las disfrutan o llorando amargamente su impotencia o su soledad.

Es terrible que no seamos capaces de ver la foto completa hasta que ya casi no estamos en ella cuando ya no la podemos retocar. ¡Tanta añoranza, tanta pena, tantos recuerdos pudieron ser de otra manera! Pero no supimos ver más allá.

Yo me niego a aceptarlo. Lo he dicho y se sonríen, pero me da igual, quiero morir matando, en sentido metafórico, claro. Hasta el rabo todo es toro. Duro o blando, solo o acompañado, feliz o triste, de pie o sentado, todo es toro. Fuera de la foto no hay nada que arreglar. Mientras respiramos, vivimos, aunque sea mal.  A los que sufren, a los que recuerdan, a los que aman y a los que no, os deseo que paséis una  buena  navidad: estáis en la foto de grupo. Y os estoy viendo.

¡¡¡Feliz Navidad!!!

Dedicado a María,  Jesús, Antonio, Lourdes, Encarna, Paquita, Juan, José, Fernando, David, Santiago, Natalia, Juliana, Irma, José Ángel, Carmen, Pilar, Begoña, Mariano, Toñi, Javier, Asunción, Vicente, Mercedes, Maite, Gregorio, Pepa, Sol, Jacinto, Calixto, Patricia, Dolores………………..  

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