EL COJO DE INISHMAAN EN EL TEATRO ESPAÑOL DE MADRID

No estaba lleno, a pesar del cebo exquisito que constituye ver a Marisa Paredes, una de las divas de nuestro cine, en el escenario del Español.

Terele Pávez, la inmensa Terele Pávez, se la comía. Sigo enamorada de esa voz de borracha eterna, de esas manos que parecen dos mazas que se mueven en el aire con dolor, siempre con dolor, pero con ternura.

Extraordinariamente complejo el papel del protagonista, retorcido sobre su propio esqueleto durante toda la obra. Y buena, muy buena, la interpretación de todos los actores, sin excepción.

Los decorados son los consabidos desde que la técnica y los recortes, los impuestos y la penuria se apoderaron del mundo de la cultura: proyecciones de vídeos sobre cortinones, y los propios cortinones convertidos en paredes, puertas, cuevas o lo que sea menester.

La historia, una de las historias de siempre, nada moderna, nada futurista, nada progresista, nada esperanzadora. El  lisiado del pueblo, el desgraciado del pueblo, el cojo sobre el que sus crueles vecinos vierten bromas y burlas, sueña con escapar de allí y encontrar el paraíso, pero una vez conseguido el sueño, regresa convencido de que vivía en él desde siempre y no se había dado cuenta. El paraíso es Irlanda, la misma Irlanda de siempre, anclada en el túnel del tiempo: los nombres y los apellidos, los trajes de cuadros, el nacionalismo, el odio a los ingleses, los acantilados, las tristeza, el alcohol, la bruma, la mezcla de risa y llanto como si la vida fuera eso y todos los irlandeses lo tuvieran asumido. Lo mismo da vivir o morir, amar u odiar, besar o pegar, llorar o reír. El escenario, el olor a mar, el drama de la vida, no cambia nunca en Irlanda, donde todas las mujeres maduras llevan moño, toman té y llaman a sus hombres con nombre y apellido.

La obra, esta obra, está llena de golpes de humor, de ironía cruenta, dolorosa, en perpetuo contraste con el dolor, con la muerte. El cambio brusco de actitud de los personajes, tan pronto tiernos como malvados, capaces de blasfemar, reírse o desear la muerte de su propia madre como si nada fuera sagrado en este mundo, como si nada tuviera importancia, como si nada fuera digno de respeto, ni la honra de las niñas, ni la moral de los curas, ni la verdad de las promesas… Todo es mentira en esta historia irlandesa: el origen del protagonista, la relación del vocero con su madre, la del cojo con sus tías, la de la niña con los hombres, las promesas del muchacho, sus sueños… La muerte sangrienta del muchacho delante de todos, solo en el centro del escenario, choca brutalmente con el ambiente de broma cruel y despiadada, de indiferencia ante el bien y el mal en el que transcurre toda la obra, como si estos irlandeses estuvieran desde el origen de los tiempos de vuelta de todo y asumieran su propias vidas y muertes con la resignación de quien conoce el secreto final.

Viéndola, volvía a mi boca el sabor amargo que me dejó la lectura de Las cenizas de Ángela o mi curiosidad por entender las reacciones de algunos irlandeses del siglo XXI. Quizá los tópicos se sintetizan en la obra, y como los diez mandamientos, se resumen en dos, o dos y medio: no hay nada mejor que un buen relato, la vida y la muerte caminan de la mano y lo mejor para sobrellevar su danza en una buena pinta. Los acantilados y las brumas ponen la música a este drama irlandés.

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