HÉCUBA, EN EL TEATRO ESPAÑOL DE MADRID

Eurípides. Antes de Cristo, desde luego. Una tragedia en toda la extensión de la palabra, la de una mujer anciana que lo ha sido y lo ha tenido todo y todo lo ha perdido, hundida, sometida a la esclavitud, sola entre las ruinas de su imperio, abandonada en una playa junto al resto de troyanas. Allí, la anciana verá alejarse a su orgullosa hija Políxena camino de la tumba de Aquiles, objeto de sacrificio que el héroe muerto reclama para su descanso. Luego, el cadáver de su hijo menor, Polidoro, asesinado por su protector y amigo para arrebatarle el oro de Troya que le acompañaba, arribará a la playa donde espera ser llevada en las naves negras de los griegos camino de la eterna esclavitud, lejos para siempre de su patria.

Y, la verdad, la vista se regodeaba con el escenario, falsa ilusión de ruinas y guerra devastadora al lado del mar, con la imagen pavorosa y digna de la antigua reina de Troya, pero las tres troyanas que constituían el coro y la aparición de Aquiles me sumieron en la más terrible desilusión.

Entiendo la dificultad del texto clásico, el terrible desgaste de recitar diálogo tras diálogo las normas de vida y muerte que los griegos transmitían a modo de ceremonia  de limpieza espiritual  en sus tragedias.  Y, sobre todo, entiendo mis recuerdos sobre el héroe de Troya,  Ulises, el magnífico e inteligente Ulises, pero me costó reconocerle perdido dentro del perfil mínimo y cotidiano de esta versión de Mayorga.

Me faltaba la fuerza, la grandiosidad, la pasión que imagino en la tremenda tragedia que estaba contemplando. Los dioses y los hombres mezclados entre la vida y la muerte, el sacrificio, el honor, la dignidad, la desolación, la guerra y la venganza, en los límites de la imaginación humana, en el mundo de los sublime, no pueden conversar con aquella placidez de tertulia de café con leche en la que se iban desgranando los diálogos. Me faltaba la potencia, la soberbia, la fuerza, la brutalidad del destino, la crueldad de los dioses desatada sobre el escenario.

Pero no fue así. Solo al final, cuando Concha Velasco después de haber culminado su descomunal venganza contra el asesino de de su hijo, se arrastra por el suelo bajo la luz cenital, sola, y cubre los cadáveres de sus hijos y su cabeza blanca de arena en señal de duelo final y desesperación, cuando su grito de perra condenada por toda la eternidad inunda el patio de butacas, me pareció sentir el escalofrío esperado.

Se apagaron las luces y el público, muy agradecido y encandilado por el innegable carisma de la actriz, estalló en aplausos. Nada que objetar a ello. Me estaba  quedando fría.

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