EL VIAJE A NINGUNA PARTE EN EL TEATRO VALLE-INCLÁN DE MADRID

Ninguna. El escenario no me recordaba ninguna parte. Al menos, de aquellas a las que se refiere el texto de Fernán Gómez.

Yo recordaba la llanura castellano manchega, árida o verde, según las épocas, sin árboles ni arbustos, como un lienzo casi infinito rozando siempre el horizonte, dibujado de triángulos y rombos de colores, ordenado como ejércitos de hormigas en olivares o cepas, pintado del oro del trigo y del centeno o gris y opaco en invierno, cuando no hay siembra ni planta que sobreviva a la dureza del clima y a la falta de lluvia. Y por aquellos andurriales recordaba el ir y venir de la compañía de cómicos.

Y recordaba las fondas, las tascas, las plazas de los pueblos, los escenarios miserables, el olor a anís o a orujo, las fuentes minúsculas, las viejas  del pañuelo…, es decir, el mundo de los pueblines de Toledo, Guadalajara o Segovia de la postguerra española. Y todo ello, para mí, era parte, una gran parte, del devenir de los personajes que ven, aunque no quieran verlo, cómo se acerca el final de su oficio, como el final de tantas otras cosas en aquel mundo de los años cincuenta de la postguerra española, en un camino que va a llevar, indefectiblemente, a la década de los sesenta y más, a una nueva manera de entender el mundo, a nuevas formas culturales, nuevos conceptos morales y otra manera de vivir de los jóvenes, además de la apertura de este país, del país de los cómicos, a suecas y turistas y a bases norteamericanas.

Los cómicos son el mundo que se va, el mundo que se pierde para siempre, ese mundo al que decimos adiós con una lagrimita de pena mientras despedimos el olor, el color y el sonido de los que les rodea.

Fernán Gómez recibió el primero de los Premio Goya de Cine por la adaptación, interpretación y dirección de la película homónima. Tengo su voz y su rostro grabados en alguna neurona fresca y rozagante todavía. Y los de Gabino Diego, Juan Diego o José Sacristán. Quizá por ello, por todo ello, a pesar de la buena interpretación y de entender la intención de todo lo que veía y oía, no reconocí aquel antiguo viaje, no reconocí la llanura toledana ni el paisaje de los pueblos de la Meseta, ni las costumbres de sus gentes, de las gentes de los cincuenta, ni el sentido último de su viaje apagándose entre las brumas de un tiempo y un espacio irreconocibles.

Lo demás, la historia de la nostalgia por un mundo y un tiempo que se fueron, eso sí,  eso lo sabía y sentía el propio Fernán Gómez cuando, casi cuarenta años después, intentó describir en este viaje un mundo que se había perdido para siempre.

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