ADOLFO SUÁREZ

Era, es, un auténtico encantador de serpientes. Mientras él se preparaba para su gran historia, yo me cagaba de miedo como muchísimos españoles, y de pasión, de esperanza, de fortaleza, de una ansiedad que se palpaba en el aire, que se olía tras las esquinas, que se traducía en la enorme cantidad de tropa desplegada por la calle, en la desconfianza de las miradas de los viejos, que recordaban la guerra como si hubiera sido ayer, y en la incertidumbre de los  jóvenes, que habíamos deseado hasta la saciedad y habíamos sentido en las universidades las miles de opciones, protestas, asambleas, manifestaciones  y uniones y desuniones de la Junta, la Platajunta y no sé cuántas coaliciones ilegales más. La Joven Guardia Roja repartía propaganda a diestro y siniestro hasta hacía bien poco, los sociales se movían aún con el periódico enrollado en la mano y Gerena entraba y salía de la cárcel y se escondía en cien mil y una garitas de la zona de Argüelles.

Sin saber cómo, una noche, aquella momia obsoleta, anclada en el túnel del tiempo, aquel muñegote que había dejado de pertenecer ya a un mundo al que todavía pisaba con sus botitas de anciano esclerósico, desapareció. Y el miedo, la incertidumbre, se apoderó de todos. El abanico de posibilidades era casi infinito, desde otra guerra civil hasta que el bendito príncipe, heredero de Paco,  siguiera su labor a sangre y fuego, pero habría oposición, los sindicalistas estaban dentro, escondidos, Tierno Galván, también, y todos esperábamos con el alma en vilo y el culo apretado, tan apretado que mirábamos las calles de Madrid como si nunca las hubiéramos visto.

Cuando este joven falangista, encantador de serpientes y seductor de hombres, se hizo con los mandos, esta estaba aún en la universidad, terminando una carrera veloz, cuajada de sensaciones, de novedades, de esperanzas personales y políticas. Todavía se oían los cascos de los GEOS golpeando las piedras  que bajaban hacia la biblioteca del edificio B. Todavía tenía la cara y el cuerpo de una mozalbeta inocente que soñaba con otro país y otras formas. Lo había vivido desde dentro, asustada ,  pero más libre de lo que había sido nunca.

El gran sueño estaba cerca y yo no me lo podía creer. El reventón de adrenalina de este país que llevaba siglos esperando que lo que era un invernadero de ilusiones se convirtiera en un campo abierto, fue indescriptible. En 1977, todos votamos, por primera vez, libremente, en un grupo hermano de esperanzas, en un soniquete bravo y apasionado, resoplando de alegría y de desahogo. Todo el país era una fiesta, una explosión de fuegos artificiales, un gozo para el alma, una sensación de haber conseguido, al fin, que lo que ya éramos de hecho los que tenían mi edad, lo fuéramos también de derecho, de todos los derechos, de toda la libertad. Suárez nos lideró durante cinco años, solo cinco años.

Fue un época de ensueño. Las universidades se llenaban de actos, de alegrías. Mi grupo de doctorandos, mientras Suárez trabajaba, recibía  al primer grupo de exiliados y con ellos, no podré olvidarlo jamás, a su lado, celebrábamos la vuelta de Rafael Alberti, en silla de ruedas , o de Rosa Chacel. En 1977, junto a las primeras elecciones democráticas que mi generación podía imaginar, también recordábamos a nuestros poetas y escritores exiliados y el número inolvidable, 1927, de cuya generación pocos quedaban ya. Junto a ellos, Ernesto Sábato, Lauro Olmo y muchos más. Yo les vi, les saludé y hablé con todos ellos, como mis compañeros, tan jóvenes, tan aturdidos por el aura de algunos, sobre todo, de Alberti y de Sábato, tan especiales, tan dioses y por razones tan distintas.

Cuando Adolfo Suárez dejó la presidencia de gobierno, en 1981, mi vida y la suya ya estaban tocadas por el destino. Él siguió formando parte de la política española y, muy pronto, en 1982, fundaría el CDS. Yo ya hacía lo propio sin necesidad de fundar nada. Los años y el aprendizaje teórico y práctico, las vivencias como estudiante y como mujer ya no se borrarían jamás de mi memoria. Yo estaba allí cuando Tierno Galván pronunció su primer discurso en el Aula Magna de Filosofía y Letras, bajo el ruido incesante de los helicópteros. Yo estaba allí, cuando envuelto en una vieja gabardina azul marino, desgastada y extraña, nos decía cuatro palabras Marcelino Camacho, para marcharse inmediatamente, entre compañeros que lo ocultaban de otras miradas. Yo estaba allí la primera vez que se pudo votar en unas elecciones generales, yo estaba allí cuando con lágrimas en los ojos, mis vecinos de izquierdas celebraban sin podérselo creer la legalización del Partido Comunista. Y ví a Tierno ser alcalde de Madrid, y luego, vi llegar a la presidencia del gobierno a un socialista guapo e inteligente como un zorro plateado…

Y mañana, mientras miles de españoles, guiados por no sé bien quiénes, se encontrarán en Madrid para explotar y reventar ante el mundo, hastiados de mal vivir y de soportar engaños y miserias sobre sus espaldas, algunos con veleidades políticas, otros, con el bocadillo pagado, los demás, con la inocencia en las manos y en el corazón, mañana,  mientras esa extraña culebra grite de rabia, incapaz de soportar más la bota de otro gallego, Suárez se irá. Y con él, se cerrará un ciclo cercano de esta historia, de la historia de este país y de mi propia historia que es la vuestra, de una época en la que todo era futuro, en la que todos nos sabíamos responsables de empujar hacia adelante, en la que todos sonreíamos felices, sintiendo que el miedo era el menor precio que podíamos pagar por haber alcanzado la libertad.

Desde el balcón de mi propia vida, no reconozco ni una sola de las luces que alumbran mi ciudad, ni mi país. No reconozco una sola mirada de alegría o de esperanza. No percibo ni un solo grito de pasión inocente. En menos de cuarenta años, este país que es el mío y el vuestro, ha vuelto a cambiar de rumbo, ha perdido todo lo que yo disfruté, ha olvidado todo aquello por lo que nosotros luchamos, ha dejado de sentir compromiso alguno, ha dejado de querer saber la verdad, ha olvidado su orgullo y su horizonte. No reconozco en los jóvenes ni en los viejos ni uno de aquellos sentimientos de valor y de esperanza. Nos movemos, pero ni estamos juntos ni sabemos a dónde.

Suárez se marcha, ajeno hace mucho al mundo delirante que vive fuera, y los que le vimos llegar y vencer con una sola mirada, vemos ahora, asombrados y entristecidos, el declinar del sueño que él supo liderar. El declinar de todos nuestros sueños.

 

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