ARENAS MOVEDIZAS

Son las que se pueden mover, pero no se mueven. Como charcos de mierda medio solidificados. Como silicona al sol en estado de posible perpetuo movimiento hacia el mar. Vamos, como la mayor parte de la relaciones de la gente chusca que ya no cumple los cincuenta, ni con tai chi ni con yoga ni con Pilates. Amén.

Sus reuniones son las mismas siempre: pedantes exhibiciones de sabiduría sobre temas de actualidad, toques malintencionados a una política de barrio que jamás llega a volar, cotilleos graciosos sobre personajes de Sálvame, irónicas bromas sobre la vida de una o de otro y alardes de grandeza e ironías chuscas sobre el nivel de actividad sexual de los presentes, amén de hacer masa contra quien no comparta y soporte las normas del club.

Las relaciones del gallinero no van a ninguna parte. Las gallinas, tampoco, fundamentalmente porque no tienen con quién. De esa manera, sale más barato seguir graznado día tras día, aunque a uno no le importe un pimiento lo que grazna el vecino, haciendo ruido para no pensar, manteniendo una grosera buena educación que suele consistir en contestar mal a quien les hable con algo más de espontaneidad o sinceridad de lo que lo hacen ellos, exigiendo el papel de reinas del carnaval continuamente y disparando a quemarropa a quien sospechan enemigas o enemigos del  cargo … Debajo de cada rostro maquillado, cada título universitario o cada pose de empresaria autosuficiente, un drama oculto, una pila de frustraciones y mentiras, una colección de gestos ensayados para defenderse del puto sol que no hay manera de engañar.

Entre el vocerío se hace difícil distinguir si hay alguna buena cabeza o algún buen corazón: casi todo parece un making off de alguna de Almodóvar.  La norma es representar, hacer teatro, alardear, cacarear, mover las plumas y, fundamentalmente, asegurarse un puesto en el palo desde donde poder continuar con la tertulia alada el mayor tiempo posible. No hay nada más. No se aman ni se odian, no paren, no crían, no ponen un puto huevo ni van a ninguna parte, no interpretan más sensaciones que las del guión aprendido de casa. Todo lo que suene a real, a auténtico o a posible, les aterroriza y atacan como bombarderos de la Guerra del 14, con todas las armas disponibles: la malévola y sonriente mezquindad.

Lo peor es que hasta el gallo, a quien uno considera normalmente al  margen de este putiferio repetido, de este corifeo de cotorras en vinagre, se acaba contagiando y suele hacerse un sitio en el graderío.

Abrid compuertas, pollos y pollas, dejad que corra el aire, hablad más bajo, pero más claro, y dejad en la puta basura esas sonrisas maquilladas de monja con la regla. No tenéis tanto tiempo como para perderlo en estas insanas orgías de gritos y murmuraciones. Y si veis un huevo de avestruz, aprovechadlo, antes de que la envidia y la mezquindad  acaben con él. Bajad de los palcos, crestas y picos, que lo vuestro no es puro teatro. Es teatro, sí, pero del malo, del infinitamente peor.

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