LA GUINDALERA Y SU DUET FOR ONE.

De Tom Kempinski. Dirigida e interpretada por Juan Pastor, el siquiatra, interpretada por Ana Pastor, la violonchelista, y ejerciendo, como siempre, de relaciones públicas y anfitriona de espectadores y amigos, la madre de la familia.

Este grupo de actores intenta desde hace tiempo mantener en pie el pequeño teatro aposentado en los bajos y patio de una antigua casa de Madrid. Al salir, como siempre, un licor de guindas con que se agradece al espectador su compañía y su ayuda.

En la sala diminuta, de buena acústica y sin más decorado que los sillones, divanes y escritorio de la consulta del psiquiatra,  dialogan  él, una eminencia en el tema, y  ella, una diva del violonchelo que ha caído rota por el rayo de la esclerosis múltiple. Por debajo, el ser humano con su ir y venir, el sentido último que cada cual pueda o no encontrar a la vida, a su vida. Los sueños destruidos, el autoengaño, los traumas de la infancia, los recuerdos dolorosos, el amor y la traición y la forma en que cada uno es capaz de seguir adelante o de decidir no seguir más.

El suicidio, la autodestrucción, la cólera… El diálogo carga sobre los hombros de María Pastor, su sarcasmo, su ira, su rechazo a la lengua incisiva del psiquiatra, a su propia debilidad, a su propia imposibilidad de seguir sin lo que siempre creyó que era la sangre de su vida: la música. Ya no puede tocar, ahora, lo que realmente toca es seguir luchando, quizá con otras armas, con otra esperanza, con otro horizonte.

Agotador el trabajo de la actriz, excelente la réplica de su padre, su siquiatra en el escenario. Dulce su saludo al espectador, abrazados y sonrientes padre e hija.

Dos defectos que echaron sal sobre el mantel: ella sobre actuaba  y sus tics y su sonrisa tan forzada, mantenida casi durante toda la obra, quitaba verosimilitud a la interpretación. La historia, demasiado larga. Sobraba un acto quizá. El mensaje quedaba claro casi veinte minutos antes de que se apagasen las luces del escenario. Todo lo demás, encantador.

La matriarca nos informó a la salida del estreno inminente de un monólogo, dirigido por el padre e interpretado por la hija.

Volvimos a encontrarnos, anoche, al lado del teatro, tomando cositas, actores y espectadores, juntos y revueltos como una especie de familia. Volveremos a La Guindalera. Merece la pena.

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