NEGROS

Se me llenan los ojos de lágrimas y el corazón de rabia y de dolor. Cuando los veo corriendo al lado de las vallas, subiendo, saltando, gritando, sintiendo la alegría del que ha llegado al paraíso, llenos de heridas, de suciedad y de hambre, pero contentos, vociferando ilusionados, mostrando sus cuerpos como si fueran banderas de victoria…, todo lo que siento y lo que soy se revuelve dentro de mí.

Los negros huyen de su mundo buscando las cuchillas, las balas de goma, las porras, los furgones con sirenas, las esposas…, y encuentran la miseria de los CIE, la prisión, la soledad, la indefensión, el hambre, la marginación y el abandono.

Qué hacemos con ellos, con esas ingentes cantidades de personas sin nombre, sin rostro, sin familia, sin identificación, con todos esos locos que vigilan desde las montañas el momento para llegar a un falso paraíso que les rechaza y repudia, que les teme y les mira, en el mejor de los casos, con compasión.

A qué venís. Quién os ha engañado. Quién os ha dicho que os esperamos con los brazos abiertos, con el corazón contento, con la comida preparada, con las mantas dobladas para calentaros en invierno y el trabajo en la tienda de la esquina para convertiros en nuestros vecinos. Quién os ha dicho que aquí se atan los perros con longanizas, quién os ha transmitido la idea de que aquí se os quiere.

Venís a sufrir y venís desde el sufrimiento. Vuestro corazón, que late como el nuestro, entiende el sol y la luna de otra manera, el amor y la vida, de otro modo, la supervivencia y la felicidad, con otro traductor, y creéis que podréis ser aquí libres y que podréis enviar a vuestra caso algo de lo que nosotros os demos, de lo que podamos compartir. Y no comprendéis que sois solo carne de cárcel, músculos de esclavo, una sombra enorme de color oscuro, entre cuyos destellos, los blancos no sabemos distinguir. Solo sois masa de carne asada, montañas de pelo rizado, amenazas a nuestra seguridad, bocas inútiles que alimentar, salvajes que no tienen sitio en nuestras mesas, rosas en las cuchillas, huesos que quebrar, fotografías de portada, política de barrio, estorbos de arena, noches de betún.

Cuando me miráis con esos ojos inmensos, cuando escucho vuestros gritos inocentes y sospecho de vuestros sueños de salvación, cuando vuestras palmas y mis palmas se juntan, recuerdo que hace mucho tiempo probé el sabor de la sal de vuestras lágrimas, de mis lágrimas, de todas las putas lágrimas que corren por el mundo hacia donde nada ni nadie parece poder parar el torrente de la injusticia y del dolor.

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