DECONSTRUCCIÓN DE LAS TRES HERMANAS DE CHÉJOV, EN LA ABADÍA.

De más de doce personajes de la obra original, se nos sirvió solo el jugo, el de las tres hermanas. Nadie más. Ellas solas, siempre ellas, interpretan al resto de los personajes y se transforman a ratos en una especie de narrador radiofónico que nos va leyendo las acotaciones, para que el espectador sepa dónde estamos, más o menos, porque entre el piano y los botines de leopardo, el escenario negro como boca de lobo y las canciones en inglés, costaba trabajo.

Muy fácil. Demasiado fácil.

 

A pesar de las repeticiones rítmicas o cíclicas o lógicas, vaya usted a saber, del texto de Chejov claramente descuartizado, se pierde el sabor y el saber originales. Se pierde el papel básico y fundamental de Natasha, la mujer vulgar, el nuevo mundo, que destruye lenta, pero inexorablemente, la vida y la sociedad que representan las tres hermanas. La vida y el mundo de las tres jóvenes aristócratas y cultas, exiliadas en una provincia por el trabajo de su padre, soñadoras del Moscú al que creen pertenecer, van siendo devastados por la mujer vulgar, la esposa de su hermano, de su querido hermano, que acaba echándolas de su casa. Ni una sombra de este drama en la versión de Sanchís Sinisterra.

Ni de los personajes masculinos, tan filosóficos, tan cultos, pretendientes de las hermanitas, soldaditos recién llegados que animan su vida y les dan esperanzas para dejarlas sumidas en la monotonía y en el vacío a su marcha, bajo los redobles de tambores y la música militar.

Ni el olor de las flores del jardín ni el frío de la nieve ni los vestidos ni los cuadros… Un escenario minimalista, la moda del arte madrileño y de la falta de dinero, un suelo de espejo negro, un piano con dos sillas y los espectadores a ambos lados.

No reconocí a Chejov, aunque me deleitaron los fragmentos  de sus textos. El mensaje puede que sea parecido, pero el cuerpo del delito, no. Los cuerpos de las tres ancianas esperpénticas cantando al piano, a ritmo de jazz y en inglés, que quieren volver a Moscú no me sonaban a casi nada que recuerde.

Me sonaban las voces y el bien hacer de las tres, sobre todo de Mamen, la que hace de todo, y bien, encima de un escenario.

La oscuridad y la tristeza, sí, la resignación ante la imposibilidad de cambiar el rumbo de la vida, el rumbo de la historia, sí, la nostalgia, sí, la decadencia, sí. Hay miles de obras, millones, que hablan de los mismos temas, con la misma tristeza, con la misma profundidad, pero ayer no vi a Chejov por ninguna parte y tampoco a Sanchís Sinisterra, que podía haber creado su propio drama de la decadencia y la resignación.

Parece que prefirió deconstruir la obra del ruso. También está de moda.

 

 

 

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