APOCALIPSIS

Domingo por la mañana. Una ciudad con aspiraciones, pequeña, pero matona. Mientras se proclama a los cuatro vientos el deber de reciclar, y las multas que acarrea hacer caso omiso de la nueva ordenanza, la mierda de papel se agolpa alrededor de hermosos y diminutos contenedores. La puerta es de un colegio, enfrente, un instituto, al lado, otro.

El lunes, alrededor de un montón de mierda mucho mayor, los coches de los padres cierran la calle al tráfico, aparcados en triple y cuádruple fila, con los warning parpadeando; padres gordos, medio en pijama, con cara de malas pulgas, las mujeres jóvenes arrastran a sus retoños entre los coches poniendo en peligro sus vidas: todos llegan tarde, como todos los días. Los demás viajeros pitan enrabietados. La policía municipal y los de protección civil cortan calles para que pasen los padres y los hijos de los colegios privados. En los públicos, nadie se ocupa de cortar el tráfico de uniforme: los padres hacen la labor entre la locura y el caos generales. La escena se repite cuatro o cinco veces a lo largo del día.

Un poco más lejos, varios ancianos se lanzan al asfalto sin mirar más que a sus propios pies. Con paso vacilante, han optado por un suicidio rápido y con olor a gasolina. Parece no importarles que los coches pasen a toda velocidad, contaminado el aire, porque desde que está prohibido fumar, ellos se han quedado con el monopolio de envenenar los pulmones de los ciudadanos de pro y de contra.

Los ciclistas defienden su territorio, algunos sin casco, con setenta años y una pila de agujetas,  pedalean empeñados cuesta arriba, mientras otra vez los coches siguen la procesión  a la zaga del anciano sobre dos ruedas, entre una orquesta de pitos e insultos. Los pasos de cebra están borrados y los coches se los saltan, enfebrecidos, medio locos ya de humo, de pitidos y de llegar tarde cada día, mientras ancianos, niños y basura se agolpan en su vida, como una legaña inmensa que enturbiase su visión.

El ciego de la ONCE vende cupones tranquilamente en su kiosco, ajeno al humo y a la guerra. La sociedad ha decidido, sin saber muy por qué, que solo los ciegos pueden sobrevivir a l caos, como nuevos noés, elegidos entre la masa para salvar a la humanidad a golpe de bastón. Los demás, enfermos, deformes, mutilados, reumáticos o comatosos no disfrutan de sus mismos privilegios, como las tiendas de ultramarinos tampoco tienen los privilegios de que disfrutan las farmacias, ni los de la frutería disfrutan de las ventajas de los chinos, ni la del bajo de las ventajas de la del último piso, que tiene que aguantar, gargajos, toses, cadenas de wáter, broncas, taconeos y despertadores de toda la casa, como si hubieran caído sobre ella los restos del Titanic.

032 040 041 042

Las madrugadas son odiosas: los mendigos abren y cierran las tapas de los contenedores rebuscando, mientras el camión de la basura, el mismo que cierra las calles a las ocho de la mañana, grita y se refocila entre las voces de los basureros y el ruido espantoso de sus fauces y de su digestión. La policía pasa aullando al son de la discoteca de sus luces y algunos jóvenes vuelven borrachos del botellón, ansiosos de contar sus hazañas con las nenas, por megafonía.

Media calle está prohibida y no se puede aparcar: en este barrio hay cuarenta minusválidos por cada 100 vecinos. Los de abajo trabajan en negro y tienen buenos coches y los de enfrente viven bien. Serán traficantes. El resto está en el paro y se entretiene tomando cañas en el bar de la esquina, esperando una mejor ocasión.

Los adolescentes salen del instituto. A su paso, como un rebaño de ovejas vampiro, van dejando las calles llenas de envoltorios, de cartones de refrescos, de pintadas en las paredes, de ecos de teclados de móviles, de sordera de auriculares… Dan miedo, como las masas informes de semillas blancas que flotan entre el humo de los coches y la alegría de las bacterias. Alguien quiso llenar la ciudad de árboles de pan, de esas semillas blancas que lo nievan todo, que lo llenan todo de navidad en primavera dejando el suelo inundado de un polvo sucio y oscuro y las gargantas de los padres que vuelven de dejar a los niños en el aparcamiento, tan secas, que no les queda otra que tomar una cerveza con los últimos 20 euros del paro.

Las baldosas, diminutas, pensadas por algún cabrón sádico, para que todos los tacones se enganchen entre ellas, para que no quepa ningún pie sobre ellas, para que andar arregladita por la ciudad sea un auténtico infierno, se limpian a golpe de cepillo de raíces, por la mañana temprano, mientras un hombre disfrazado de buzo, va levantando la mierda con un aspirador  ventilador, mientras una cáscara de nuez que se mueve a la velocidad del anciano ciclista, va recogiendo la mierda con dos cepillos circulares, despacio, sin prisa. Detrás, la jauría de coches sigue en una procesión eterna, compensando con sus humos y sus pitos la prohibición de fumar en todas partes.

La hiedra de los muros, que nadie corta, golpea en la cara a los que corren para adelgazar, para sentirse a gusto mientras sufren calambres y contracciones, sudando como esclavos en galeras por propia voluntad. Cruzan sin mirar, no tienen tiempo que perder: están haciendo una vida sana, no como los cabrones que pitan porque la calle ha vuelto a convertirse en una ratonera.

La vecina del ático ha puesto un jardín en su terraza y cuando riega, cae el agua sucia de su huerto urbano como una catarata sobre los negros que hablan a gritos en el portal. La de al lado, para hacer juego sacude las alfombras, y la sinfonía de polvo y agua parece un arco iris minimalista en blanco y negro. Una mierda de perro esta esparcida delante del ventanuco de la del bajo y las meadas se suceden en el zócalo exterior, y eso que se prometen multas, pero el ciego del kiosco tiene grandes competidores entre los servidores públicos.

La mayoría de los niños se queda a comer en el colegio. Siempre es mejor eso que tener que hacerles la comida. En el aparcaniños están seguros, protegidos y bien alimentados. Ellas, tan jóvenes, no aprendieron a cocinar antes de quedarse embarazadas. Van a tomar café para hacer tiempo.

El viejo ha sobrevivido al cruce de varias calles sin mirar y sale a pasear al perro. Los ladridos del perro rata son tremendos, mayores que los aullidos de los negros que hablan por el móvil o los pitidos de los coches que aturden a todo el barrio.

Huele mal: el guiso de pescado de la del quinto. La mierda se apodera de la calle, alrededor de los contenedores. Los cartones de los refrescos vuelan por los aires, con las semillas del árbol del pan, o del quesillo, las cacas de los pájaros elefante, los insectos, el humo, las bacterias… Los negros chillan mientras los chinos imaginan cómo colarles la comida caducada, la del bajo ha reventado de rabia, la del ático tira toda el agua del mundo muro abajo, y nos moja, los perros aúllan a coro para celebrarlo y las policía se perfila a los lejos entre fuegos artificiales, los niños lloran perdidos entre los coches… El tacón se me ha enganchado en la decimocuarta baldosa de la calle de enfrente. Pido socorro. Nadie me oye. Entre sollozos y con el rimmel corrido, me dispongo a tirar de la cuerda. Debe bajar el telón.

NOTA.: Las imágenes son reales y fueron capturadas los días 27 y 28 de abril de 2014.

 

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