CELOS

Paré el coche en la avenida de un barrio popular, de esos que siempre están llenos de gente atravesando semáforos y pasos de cebra, cuajados de chinos y árabes, paseados por pijos del centro y visitados por la policía demasiado a menudo.

Tenía que hacer tiempo, no quedaba otra. Buscando hueco como loba hambrienta, como todos los madrileños de pro, había encontrado aquel agujerito de paz y seguridad y no me fijé, ni de lejos, en los alrededores.

Apagué el motor, después de bajar un poco la ventanilla y echar el seguro. Y al poco escuché un rumor de voces más alto y alterado de lo normal. Miré y vi, por primera vez, a una pareja sentada en un banco del paseo, justo al lado de la puerta de mi coche. Él también me había visto, pero no se inmutó, siguió hablando, casi gritando, con ojos de loco y el cuerpo encorvado hacia delante, como para mitigar algún dolor.

Hablaba y gesticulaba y las venas del cuello parecían dos cables de teléfono. No tenía casi dientes y su color cetrino y su delgadez podían recordar, y me arriesgo, el perfil de un toxicómano. Ella, de espaldas a mí casi todo el tiempo, le miraba intentando adoptar una actitud de relajo, intentando darle la sensación de que asumía su rabia como si fuera una enfermedad.

Y él seguía masticando su dolor y su ira sin descanso y cuanto más hablaba, más parecía sufrir. Podía escuchar alguna de sus palabras. No quiero que le veas ni que le mires, cuando ese tipo se te acerca, me pongo del revés, me quiero morir… Ella parecía tranquilizarle y explicarle: no puedo evitarlo.

Me dio la sensación de que los celos, furibundos y peligrosos, intentaban quedarse en el umbral de la puerta de la violencia y que el esfuerzo  era  tan grande, que al hombre le dolía el estómago de aguantar los caballos que tiraban de él. En ningún momento me pareció que fuera a agredirla, pero entraba dentro de lo posible. Por eso, mantuve el teléfono al lado, me quedé dentro y no me moví, aparentando no escuchar nada y estar desentendida de su tema.

Al rato, el hombre se agachó hacia el suelo y cuando levantó la cabeza, lloraba como un niño, con una amargura indescriptible, con un sufrimiento tan grande que ella, y pude entenderlo, se acercó a él por primera vez y lo abrazó, como si fuera un hijo enfermo. Los dos acabaron llorando, abrazados, en mitad de la avenida.

Y me marché, avergonzada y triste, inmensamente triste. No podía encontrar la solución ni la culpa,  eximir a uno o a otro de aquel dolor. Los dos sufrían, los dos se querían, pero quizá, el amor de ella estaba lleno de inútil paciencia, de sufrimiento insalvable y el de él, de puro y duro egoísmo y locura. Esa clase de amor es una amenaza escondida entre los pliegues de la ternura. Un destructor que dejará en coma para siempre su cabeza y su corazón.

 

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