LOS MÁCBEZ, EL MARÍA GUERRERO Y EL CHARCO DE SANGRE.

Baño de sangre. Como Kumono su Jo, la versión increíble de Kurosawa, pero en plan casquería de pueblo, gallego en este caso.

Lo malo es que junto a la sangre derramada por el feroz y ambicioso Mácbez no hay armaduras grandiosas ni ejércitos ni castillos ni bosques animados… Donde habitaban niebla y viento, meigas gorrinas y libidinosas. Donde armaduras y veneno, ligueros y travestismo.

La tragedia desencadenada  por  un hombre potencialmente bueno cegado por la ambición, manejado por la fuerza de la mujer malvada y pérfida desde el origen de los tiempos y marcado por un destino inapelable,  se nos vuelve burlesca, patética y a veces ridícula, arrastrada hasta las alcantarillas del aquí y ahora en una región remota de la España de ayer mismo.

¿Qué necesidad de matar a cuchilladas con alegría y empecinamiento a tantos gallegos corrompidos y corruptores a ritmo de muñeira, entre bandejas, también invisibles, de percebes, con traje y corbata y perfume de Fraga? ¿A qué tanto sicario asesino en plenas Rías Baixas? ¿De dónde la necesidad de que el presidente de la Xunta afile su propio cuchillo de rebanar gargantas y se dé el gustazo de pegarle cuatro o cinco embestidas a las primeras gallegas o gallegos que se le ponen por delante?

La mezcla extraña de chiste de Forges fresquitoy tragedia clásica solo se salva en algunas escenas por su fuerza visual. Ni Mácbez tiene comparación alguna con la interpretación de Mifune ni la Machi se acerca a la maldad inalcanzable, bella y poderosa de Gemma Cuervo, subida al pedestal de reina de las brujas en la versión de Ionesco.

Una tragedia grandiosa convertida en una telenovela gore, enturbiada por escenas especialmente fuertes, con demasiada concesión también al sexo, y sin rastro del guerrero japonés ni del general escocés ciegos de poder.

El concepto universal rebajado a anécdota de chascarrillo. Ni siquiera la interpretación estaba a la altura. Y es que era muy difícil salir ileso de semejante revuelto de gulas. Empachaba.

Por fin, el puntillero descabella a la bestia. Sangre en el ruedo. Aplausos, pitos y división de opiniones.

 

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