LAS DOS BANDOLERAS, DE LOPE, EN EL PAVÓN DE MADRID

Me gustó la visión dorada  de los Montes de Toledo, eso sí. Saltaban por ellos, entre aristas de metal, poliedros picudos y material sintético, una gran parte de los personajes. Sin embargo, eché de  menos la naturaleza a la que Lope alude siempre, describiéndola con la belleza habitual del gran poeta que fue, aunque no se lo reconozcamos.

Tampoco olía a majestad real, a rey santo, conquistador de moros, semidios capaz de armonizar la honra y la justicia, de interceder en las justas, de solucionar problemas con su sola presencia. Vestido de príncipe austro-húngaro o de marido de Sissí emperatriz, no parecía tener más que cierto colegueo con el hermano colmenero que, en la comedia, debe hacer justicia sobre sus propias hijas y al no poderlo soportar, elige su propia muerte, tragedia que evita la presencia real.

Tampoco entendí muy bien la interpretación  del resto de los disfraces: requeté el del jefe de la hermandad, neonazis los soldados españoles que luchan al lado del rey santo…  Ya es bastante para mi pobre cabeza retroceder con Lope, gato astuto, unos siglos atrás al suyo propio y plantar a un rey más que muerto y enterrado como símbolo del poder, argucia que le evitaba muchísimos problemas, pero añadir al anacronismo original, ensalada de requeté y patatas fritas neonazis, me `produjeron cierto empacho. Entre el empacho y las bebidas light pasé media representación: las mujeres no daban la talla, ninguna de ellas. Las mujeres bravas, las delincuentes sanguinarias de las comedias barrocas no tienen nada que ver con estas niñas desobedientes, mitad presumidas mitad caprichosas con que se nos regaló. La serrana de la Vera, leyenda secular y muy anterior a obras donde se la nombra, bien por parte de Lope bien de Tirso, ni siquiera creo que forme parte del texto original y la mezcla de las tres desvirtúan el sentido de la primera. La serrana se venga del matrimonio impuesto y cede al amor. Las dos bandoleras no se sabe muy bien qué buscan y lo que encuentran es el matrimonio impuesto con dos truhanes  mal nacidos que están muy lejos de parecerse, en nada, ni al soldado ni al caballero español.

Ni el tema de la honra, tan tratado por las gentes del Siglo de Oro, ni la del amor del pueblo a la monarquía mantienen su sentido en la obra que, sin ninguna de ellas, se convierte en otra cosa que no sé definir. La aventura de las dos muchachas solo es una excusa, entretenida y valiente, para hablar de lo que realmente importa: el rey y su sentido, los campesinos ricos dotados de fueros y aumentando su poder, los cristianos bajando hacia el sur en misión de reconquista… Todo regado con la gracia de Orgaz, nombre de un pueblo que está en la ruta del ejército cristiano, las locuras de las rebeldes, el drama del anciano deshonrado y el arrepentimiento de los dos caballeros burladores de honras.

Sin naturaleza, sin honra, sin caballeros ni rey, me quedé al la luna de Valencia, de metal dorado seguramente, solo acompañada por los destellos interpretativos de algunos de los actores, que, esos sí, a ratos, me recordaban a Lope, un Lope que quizá se debe tratar con algo más de respeto, más que nada, porque es difícil de superar.

 

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