LA CEREMONIA DEL TÉ

Ayer me mostraron un montón de tipos de té. De tal magnitud era la muestra  que quedé aturdida por el exceso de colores, sabores y propiedades, no digamos por las múltiples formas de preparación. Desde el té rojo hasta el negro, pasando por el verde y el amarillo, desde el rooibos hasta dios sabe cuál, todos magníficos, todos importantes hasta el punto de que hay cursillos y grados de sommeliers del té.  Yo conocía solamente dos: uno que me daba mi madre cuando me dolía la tripa, de esos que se vendían y se venden metidos en un sobre de papel absorbente y que no hay manera de saber si lo que dejas caer en el agua hirviente es té o pepitas de sandía.  El otro lo usé durante años como una bebida más, humilde y barata, sustituto fácil del café.

Antes de ayer alguien ilustrado me explicó las innumerables técnicas y tácticas que permiten a un iniciado bailar correctamente el tango. Mi ignorancia era tanta y su sabiduría tan elevada que descubrí que el tango es algo así como una religión, una ceremonia sublime donde dos almas se funden en un abrazo musical que los transporta y durante el que se olvidan de sus cuerpos.

Algo muy parecido me contaron en otra ocasión sobre el vals inglés y también sobre el flamenco. Sobre el café y los diferentes tipos de vino ocurrió hace mucho más tiempo y poco más o menos. Tampoco me perdí la excelencias de los distintos perfumes ni las propiedades curativas de los colores, de los diferentes tipos de masajes, de la importancia del tono del la voz en la comunicación, de la influencia de la música y la palabra para el desarrollo de las flores y los huertos y para la mejor evolución del feto. También me informaron sobre la excelencia sublime de la música clásica o los misterios escondidos tras ciertas melodías del rock. Me quedé muda cuando descubrí que hay personas capaces de reconocer cualquier tipo de rosa entre los miles que existen en el mundo.

Oyendo a tanto sabio, la angustia me atenaza la garganta porque me doy cuenta de que no sé nada y de que necesitaría miles de vidas para poder comprender y conocer las excelencias de todos y cada uno de esos conocimientos.

Ni siquiera he sido capaz, en una pila de años, de saber quién ni cómo soy yo misma. No puedo afirmar ni negar que los dioses nos miren desde alguna parte, lo crea yo o no lo crea; me consta que hay mujeres que torturan a sus propios hijos y me abruma la impotencia de no saber cómo impedirlo. No reconozco a primera vista la bondad de los otros y me dejo engañar, me equivoco a cada instante y tropiezo a cada hora. Busco la esperanza en los ojos de los niños y el perdón en los de los ancianos. Me sorprende la vida a cada paso… Pero no soy capaz de conocer todos los pasos de tango ni tampoco los tipos de té. Seguramente, es que no he encontrado todavía el sentido de la vida.

 

PD.: La ceremonia del té, como todas las ceremonias, no encierra más misterio que ser una de las representaciones con que los hombres envolvemos las preguntas que no sabemos contestar y compartimos nuestra vida con el resto de los hombres, en este caso, de buena voluntad.

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