DE MADRID, EL RASTRO Y LA PORTERA.

Una delicia. Una verdadera delicia pasear por el Madrid más guarro y resacoso. Pasear por un Madrid lleno de guiris sin blanca que arrastran cámaras de medio pelo pidiendo guerra, lucen piernecillas de pelícano en celo y sombreritos nido de golondrina.

Lo mejor: el sol pegando en todo lo alto, sin dejarte ver apenas los puestos de El Rastro ni a los solitarios con ojos de besugo y mano bipolar que se han encelado con tu bolso. La pasma vigilando en algunas esquinas, que el territorio es muy grande, y algún ciudadano quejoso al que el amigo de ojos de besugo acaba de birlar la virginidad, digo la cartera.

Y tres locas montando una batucada, sin  manifestación ni nada, sacando el tuétano a sus tambores  entre los puestos, como si fueran la avanzadilla de un regimiento de húsares. El viejo caduco escupe en mitad de la acera y se sienta en un banco a ver el día pasar.

Y en la puerta, el portero, que no hay ya portera, nos invita a entrar. No hay carteles ni pistas: nadie sabe lo que se cuece dentro. Y se cuece un texto amplio, largo, más de lo esperado, que va de la comedia burlesca al melodrama, con travestismo y desnudo incluidos, números musicales de los ochenta en vivo y en directo, cocaína, SIDA, nostalgia, amargura, risas y un grupo selecto de espectadores que siguen la trama por la casa de la antigua portera, de salón en salón, en grupo, buscando silla donde acomodarse para seguir metiéndose en la vida de los tres personajes. El mundo y el trasmundo de los ochenta, Malasaña y la movida, Almodóvar y sus chicas, el amor y el dolor, la vida y la muerte, en un piso del Madrid profundo. En la calle, una pareja joven dormita en la acera, sobre un colchón viejo y mugriento , como si tuvieran la habitación de hotel más grande y aireada del mundo.

Y nos vamos también a coger aire y comemos allí donde lo hacen los pájaros, para ver desde donde ven las brujas el Madrid sucio y abierto, delirante y roto, pervertido y chusco de toda la vida. Ese Madrid que por encima de ellos y de nosotros, del tiempo y del espacio, sigue ahí, manteniendo su estirpe y su casta, sean quienes sean los cachorros que para, las borracheras que cure o las esperanzas que rompa.

Domingo y misa en San Isidro pa los creyentes. Unos churros pa abrir boca. Un vermú al lado de la casa de la portera y visita a la susodicha, su melodrama y su encanto. Tapear colgados del cielo, por encima de los tejados de Madrid, cuatro risas. Cae la tarde y uno se va pa casa con el cuerpo jota y un regusto a miel y limón que te dura un siglo. La leche, el puto Madrid.

 

 

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