ATOCHA

De perfil, daba miedo. Los ojos tan hundidos en sus cuévanos, la nariz afilada, la tez de cera, la espalda encorvada, consumido como el cabo de una vela … Sentado en la silla de ruedas con  los ojos perdidos entre el follaje, indiferente a los pajarracos que iban y venían sin un átomo de pudor.

El hijo lo miraba distraído. Su mismo perfil, pero mucho más joven, con un tufo a femenino sin pistas: camiseta roja de pico, esclava en la mano derecha y pelo recién cortado. Le cuidaba con esmero cuando el anciano lagrimeaba: le secaba los ojos con la punta de un pañuelo mientras intentaba hacerse entender por lo bajini, sin que nadie se diera cuenta del trasiego de los dos.

Pero la guachupina  tenía tan poco pudor como los pájaros: no encontró mejor lugar donde sentarse, indiferente al territorio ajeno, que a su lado, con las piernecitas colgado, el pantalón morcillero ajustado, los zapatos antiguos, la coleta negra tensa y las gafas. Esperaba mirando a uno y otro lado, sin prisa, pero con insistencia. Al cabo de un rato aparecieron: un grupo de compañeros de estirpe y de apariencia, todos bajitos como ella, todos morenos, todos con el deje inconfundible,  los mismos andares, la misma manera de entender la moda y la misma distribución cárnica. Salieron en tropel hablando a grititos lentos, pausados.

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La humedad y el calor atraía a otros muchos. Los galápagos salieron a la superficie entre el fango verdoso que dejaba bien a las claras su abandono, o bien, que los bichos son mucho más felices reposando en la basura. No son los únicos. El matrimonio maduro daba vueltas sin fijar ninguna dirección y balanceaba la cabeza a ambos lados, buscando un punto de referencia o una razón para detenerse bajo la sombra. Él era una rara avis. Casi sesenta años de carne apretada de buenos chorizos y panceta de la tierra. Seguramente regadas con un buen vino artesano. Le daba el sol normalmente y enseñaba unas preciosas piernas de mujer que contrastaban con su pelo y barba blancas: los pantalones, muy cortos, dejaban ver unos muslos perfectos totalmente depilados, tanto como las tibias de la rumana que se paseaba a su costado. No tenía nada que envidiar a las rubias del Este de cualquier película de la Segunda Guerra Mundial: falda de tubo con raja en la mitad de un muslo blanco, zapatos de salón de charol  de color indescriptible, pero de la Primera Guerra Mundial, rebeca de otro color misterioso, pelo rubio sin trazas de haber visto jamás la peluquería, una maleta de los chinos y la mirada fría y dura, el gesto agrio, desdeñoso y cruel,  los andares perdidos y la actitud ajena a todo lo que pasaba a su alrededor, incluidos los muslos depilados del madurito chaparro, que no paraba de dar vueltas enseñando sus carnes morenas.

La del puesto de perfumes estaba al borde del ataque de nervios: calor, humedad.  Algunas mujeres sacaban los abanicos y charlaban de manera imperceptible entre el sordo murmullo de fondo, denso y terrible, como si el ruido estuviera hecho de un colchón de gomaespuma que nos aplastaba a todos contra las paredes.

Y él volvió, buscando. Con el pelo pegado a la cara de pura porquería y los ojos perdidos. Debía de tener cerca de veinte años, pero intentaba aparentar algunos menos. Menudo, de piel clara y sucio, balbuceaba con dificultad, o lo fingía, como si tuviera una enfermedad mental. Pero era lo suficientemente leve como para haberme distinguido entre todo el personal que transitaba de un lado a otro. Yo esperaba, lo sabía, estaba pillada, no podía irme, y él seguía buscando y buscándome, imaginando una compasión inexistente, esperando una fisura, aguardando una ocasión para atacar. Por eso, había rodeado el trópico y allí estaba otra vez, diminuto, imperceptible, como un Lázaro de metro y medio, sus mismas intenciones y un pellizco de voz. Señora, por favor.

Su solo nombre lo espantó. La pasma atravesaba el espacio en un coche de batería, como los de los niños ricos, como dos bebés de uniforme, como dos yemas de huevo en un cascarón flotante. Maniobraban entre las palmeras sedientas con la misma habilidad que entre los abanicos de las señoras. Nadie los miraba mientras hacían su circuito particular, embobados con su juguete. Más arriba, la copa de los árboles se confundía con las escaleras que volaban al cielo de polivinilo. Como siempre, el cajero humano del aparcamiento no estaba disponible: un grupo de chinos de traje animaba la cola. La pasma, abajo, seguía al muchacho de voz de sudario. Ya tocaba huir.

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