MAL FARIO

Estaba bajándome imágenes descomunales de una página de Internet, locuras que le dan a una, y me he fijado en una pequeñita, muy pequeñita, pero la más interesante de todas. La he pinchado y… ¡se ha bloqueado el ordenador, me ha dado error la página de descarga y hasta se me han volado los papeles del escritorio!

Ayer quería fresas, no es época ya y me había resignado, pero las vi, de repente, arrinconaditas en un expositor de la frutería. Y me las compré. Eran preciosas y olían de maravilla. Ritual de lavado, escurrido y guardado. Las corto, las endulzo y las guardo en la nevera (yo sigo llamándole así, en femenino) y al terminar de comer, corro a coger mis fresas. Las pruebo y escupo: pura hiel. Me caguentó.

Normalmente, cuando miro a algún ejemplar masculino, no porque me apetezca sino porque se me echa literalmente encima, y le veo alguna virtud, que no suelo, me lo pienso mil y una veces antes de decidirme a darle cháchara, le paso el detector de metales, pido información al juzgado y opinión a los entendidos. Al cabo de bastante tiempo, y si el maromo sigue en la brecha, le digo que sí. Y sistemáticamente que equivoco: o es malo o es tonto o las dos cosas.

El único adoquín levantado de la calle es mi amigo de tanto como coincidimos día sí y día también. Los catarros que se pierden, no los busquéis: los tengo yo. Cada vez que hay una fiesta, tengo migraña. Pierdo todos los rotuladores Pilot recién comprados.  Siempre se me pinchan las ruedas del coche en pleno agosto a las tres de la tarde. No hay vez que quiera quedar bien que no vea por el rabillo del ojo un manchurrón enorme en el escote de mi vestido, un lamparón de los que llevan el warning puesto todo el día. Si no cojo el paraguas, podéis estar seguros de que llueve. Todas las noches, en la última visita al baño, me quedo con el cartón en la mano: toca hacer el paseo por la Alhambra hasta el otro pico de la casa para buscar repuestos. Podría pasar a las cinco de la tarde, pero no.

No hay vez que me quede sin bollería que no aparezca una visita imprevista. Si estoy llena de mierda, limpiando, con el trapo en la cabeza como un berebere, seguro que llama  a  la puerta el presidente de la puta comunidad pidiendo alguna tontería. Si acabo de pintar, a la vecina de arriba se le rompe el desagüe de la pila, si me meto en la ducha, a los tres minutos llaman por alguna parte: teléfono, móvil, puerta o la madre que los parió, con perdón para su pobre madre. Llevo en el bolso hasta tornillos y tuercas por si hay que hacer obra en el bar de la esquina, pero me sale una rozadura y se me ha olvidado reponer tiritas. Estreno zapatos de ante y se pone a llover, sin falta. Quiero estar mona y me he dejado el carmín nuevo en casa. Voy de fiesta y se me rompe una uña…

Estoy empezando a pensar que me han echao mal de ojo o una maldición cañí, que tanto da la mala leche de calós o de jambos. Y debe de ser verdad, porque me lo han dicho tus sacáis, me han dicho que no me camelas y que pa, si diqueláis por lo fino,  no chanelís ni papa de lo que chamullo, ahí os quedáis, dando duquelas a to dios. Me najo, joíos.

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