MAGNÍFICOS PROYECTOS DE VIDA

Hay gente que lo consigue, lo sé porque los veo en la tele contando sus victorias personales o paseando a los niños por debajo de mi casa, orgullosos de su proyecto de vida.

Al principio, yo también pensé que bastaría con encontrar un elemento material lo suficientemente esperanzador y hermoso que fuera capaz de unirnos al tiempo que el yeso y el hormigón unía ladrillos y enfoscados varios. Pero no fue así. Allí donde otros consiguen hacerse un chalecito que es la ilusión de sus vidas y maduran viendo a sus niños jugar en su piscinita con los niños del vecino, orgullosos y felices de haberlo conseguido y juntos, disfrutando de la terraza y del olivo que plantó él o de la lámpara que compró ella, allí, fracasé. Estruendosamente.

Luego, pensé que un proyecto intelectual acorde con una mente inteligente, culta y trabajada, sería un buen plan para vivirlo juntos, de la mano, paseando por la narrativa actual o comentando los detalles de la poesía barroca española. Pero pronto me di cuenta de que mis observaciones se sentían como punzadas de lezna sobre el culo de su inteligencia, como aguijones de mosquito chupando la sangre de su dominio cultural. Y volví a fracasar.

Más tarde, acepté que una relación materno filial de adultos podría ser un hilo conductor más que suficiente para crear un proyecto que nos hiciese sentir a ambos unidos y satisfechos. Pero tampoco esta vez hubo suerte. La parte generosa de la maternidad era siempre bien recibida con palmas y sonrisas, pero cuando la madre adulta corregía las bobadas del hijo entrado en años, entonces, los cuernecillos del fauno asomaban por entre el pelo de las orejas y lo que había sido gratitud e inocencia se tornaba en malevolencia, rencor y agresividad.

Una  vez más intenté que la búsqueda de nuevos horizontes, las visitás tántricas a la India, al Nepal o a los picos de Macchu Picchu constituyeran el itinerario de nuestra relación, la repartición a medias de las nuevas experiencias, de los recuerdos de anuncio de viajes, de la sensación casi  digital de vivir con gentes diferentes, con marcianos terrícolas, despojados de su cercanía humana y convertidos, por nosotros y por otros en un puro negocio, en una película quintudimensional, barata, de gran duración y de difícil recuerdo. Pero ni así hubo manera: a mis ojos críticos y realistas se superponían los suyos, fantasiosos y deformantes, a mi intención de meter los dedos en la sopa se imponían la suya de no tocar nada, de no ver más allá, y así, después de algunos viajes reales-digitales, se acabó nuestra relación y nuestro proyecto de vida.

PROYECTO DE VIDA IMAGEN

Y ahora, a punto de dar la vuelta a la esquina, paseo cargada con una enorme mochila llena de souvenirs  de chicha y sangre, que pesan poco y abultan demasiado, con músculos de acero en las piernas, el rostro quemado por el sol de tanto viaje y los ojos abiertos como platos de postre, no por buscar nuevos proyectos, que no tengo ni uno, sino por evitar obstáculos y disfrutar al máximo de la casita, los viajes, la última novela negra nórdica, vaya tópico, la crema de manos, el bolero tocinete, el ruido de la calle, los zapatos de tacón o los nietos del vecino.

Por cierto, he puesto una demanda al autor de los guiones de esas  historias de parejas con proyectos maravillosos de vida: siempre se le olvida contarnos el final, cuando el juez decide que se haga la repartición de bienes o el protagonista la palma, que ocurre muchas veces. ¡Maldito embustero!

 

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