DE PAJARES, NEGROS, CIVILES Y CEBOLLAS.

Estaba yo pelando una cebolla el otro día y se me helaron las lágrimas en las mejillas: una profesora de la Escuela de Idiomas, con título y oposición, había sido relegada a labores de profesora de apoyo y como es ciega y ella misma necesita apoyo para realizar su trabajo, siendo ella apoyo de otra profesora, se quejaba amargamente de que se le negaban sus derechos constitucionales al no ponerle el apoyo necesario, otra profesora,  para que pudiera apoyar a la compañera titular.

Este galimatías me dejó exhausta, hasta el punto que tuve que dejar de pelar. Esta sociedad avanzada me confunde. Entiendo la maravilla de que todos estemos socialmente integrados y que a las personas que tienen minusvalías físicas de cierto tipo se les ayude a desempeñar su trabajo.  Dos profesoras para apoyar a otra. Me parece estupendo. Lástima que haya tantos chavales de ESO, los conocidos como ACNES, que llevan años sin profesor de apoyo alguno, ni vidente ni invidente, mezclados a horario completo con compañeros que no están diagnosticados y sin atención personalizada alguna ni ayuda de ninguna clase. Los perros de los ciegos tienen derecho a entrar en todas partes, pero las personas mayores no pueden subir los escalones de los autobuses ni los viajeros subir una maleta al propio autobús, eso sin hablar de las escaleras para subir a los aviones , sea una quien sea y esté como esté, o los problemas de las embarazadas, los sudores de las menopaúsicas, que no requieren gasto alguno de la Administración, así como los artrósicos o los que tienen varices, que no reciben ayudas ni les ponen plaza de aparcamiento, pero tener problemas de movilidad y dolores los tienen como el primero. Cambios de sexo, sí, machaque a fumadores, también, procesiones, de miedo y venga ruido y corte de calles, a medias con las procesiones gays, pero si me junto en la calle con tres mendas, me pide la documentación la policía. Claro que eso no ocurre si voy vestida de mantilla en fiestas…

Me pasa lo mismo con otras cosas y casos. El sacerdote Pajares fue traído a España con otra monja, también española, y se dejaron en tierra liberiana a otros religiosos enfermos o en peligro de estarlo. Por supuesto, se dejaron en tierra a todos los liberianos vivos y muertos y al resto de seres vivos africanos religiosos, ateos, negros, blancos o rosados.  La orden a la que pertenecía el misionero, española por los cuatro costados,  ha oficiado sus funerales y le ha enterrado en un hermoso panteón de la capilla del Hospital de San Rafael de Madrid, ubicado en la calle Serrano, 11.100 euros/metro cuadrado:  la calle más cara de España. Supongo que la Orden Hospitalaria habrá corrido con los gastos del traslado, atención de los enfermos, acondicionamiento del Carlos III, etc. Una millonada para mí, pero unas migajas para la Orden, supongo. Porque si lo hemos pagado entre todos  los españoles, tendré que pensar que se hace con nuestro dinero lo que a la Orden Hospitalaria le da la gana. Si he pagado, quiero que se traigan también a ciertos africanos amigos míos que también están enfermos de ébola, ¡claro que ni son españoles ni religiosos ni misioneros ni de ninguna orden, hospitalaria o no!

Como definitivamente he dejado la cebolla en el fregadero, me sigo preguntando si es posible armonizar las declaraciones a la prensa del arzobispo de Toledo tras el funeral y lo que yo misma oí de boca del recientemente fallecido: “(…) el arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez Plaza, aludiendo a Miguel y a todos los misioneros. «No es que son de otra pasta, es que los misioneros son auténticos», señaló Rodríguez Plaza. (Los demás somos de mentirijillas).

Respecto a Pajares, recordó que «no iba reivindicando nada, su deseo era quedarse allí (en Liberia), pero el hermano general le dijo que viniera. Él no tuvo miedo, como tantos misioneros, porque aman», concluyó. En ese sentido criticó la actitud de los occidentales, que «tenemos miedo al amor y ante cualquier cosa que pase nos defendemos». En  las declaraciones que yo escuché con mucha atención, en vivo y en directo y en la Cadena Ser, cuando el pobre misionero, ya muy enfermo, pedía que le trasladasen a España, expresaba su miedo a morir y cómo su estado debilitaba su fe. Lo mismo estaba borracha o me había afectado la peladura de cebolla.

Y es que todo es muy complicado. He visto en la tele a los guardias civiles de fronteras, de las fronteras del sur que son las únicas que tenemos de verdad, con guantes azules y, a algunos con mascarillas, pero también vi y escuché en la tele cómo uno de sus representantes afirmaba categóricamente que no disponían de guantes para todos y que nadie les había dado protocolo alguno sobre el tratamiento de los subsaharianos que conseguían saltar la valla. ¡Se sobreentiende que un africano que salta una valla no puede estar enfermo, hombre de dios! Además, desde cuándo necesita protocolos y mariconadas el Benemérito Cuerpo. Son todos superhéroes y no hay de qué preocuparse: huelen las enfermedades contagiosas de lejos por puro entrenamiento.

Después de esto y mucho más tranquila, he vuelto a pelar cebolla. Ya no tengo nada de qué preocuparme. En mi pueblo, está prohibido desde tiempo inmemorial el uso de megafonía en la calle, salvo para la propaganda electoral (entiendo que los políticos tienen que ser rápidos en las transmisión de sus promesas electorales y sus voces aterciopeladas junto con las musiquitas de fondo no pueden molestar a nadie). Por eso, cuando se va la luz o cortan el agua no pueden informar a los vecinos por megafonía: está prohibido y hay que joderse. Lo que no acabo de entender es cómo un par de vecinos del pueblo, tapicero y frutero respectivamente,  llevan más de treinta años vendiendo sus productos a golpe de megáfono encaramado en furgoneta blanca, estacionando bajo ventanas y balcones de los convecinos a primera hora de la mañana y en las barbas de la policía municipal.

Será que la edad y la cebolla me nublan el sentido… o que no he comprendido una mierda de las discordancias cósmicas. Va a ser eso.

 

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