LONDRES, EASY BUS Y UNAS BOLSAS DE BASURA.

Una avenida de Londres, Lillie Road, final de la mañana de cualquier día del mes de agosto. La acera de la calle, ante un hotel, llena de gente que hace cola y se pone detrás del último conforme van llegando. Son ingleses, pienso. Multicolores, diferentes: árabes, hindúes, anglosajones, españoles, pocos hispanos y un sinfín de elementos indeterminables. Todos hablan en tono bajo y educado. Al fondo, las últimas, dos jóvenes germánicas, altas y grandes como dos colosas de Berlín, una de ellas con una maleta que más parecía el ataúd de Drácula por el tamaño y el aspecto y la otra con dos bultacos enormes.

Billete sacado por Internet. Muy barato comparado con el resto de transportes  aeroportuarios. Código de barras y compromiso contractual. 14 asientos y una maleta de tamaño medio por viajero. Absoluta prohibición de ir de pie.

¡Allí había mucho más de 14 personas, muchísimo más! Control, por favor, mucho control. No te exaltes.

Llega el minibús. Los afortunados y listos que quedan cerca de la puerta abordan el auto y se acomodan. De repente, las dos teutonas avanzan entre la gente como dos amazonas, como dos vikingas, arrastrando sus fardos, y se cuelan con la cara de hierro fundido o de uranio, sin un gesto ni una mirada de culpabilidad. Y el africano que lleva el minibús, solo y sin ayuda de nadie, empieza a ponerse histérico ante las protestas, tibias eso sí, de algunos de los que aguardaban cola. El bendito conductor metía los ataúdes de las rubias en los asientos de los viajeros, con lo cual ya no cabían 14, las dejaba colarse, con lo cual los que estaban antes se quedaban en tierra. No llevaba lector alguno de código de barras ni podía comprobar la hora en que se había pagado el minibús.

Desesperado, en una operación que, por repetida, parecía parte de una opereta, gritaba continuamente:” ¡I know nothing!”. El personal y el conductor conocían la obra. Debe de ser que a diario, continuamente, la bendita compañía vende cientos de billetes para los que no tiene asiento. Los que esperan lo saben y por eso no se asombran demasiado cuando los más fuertes suben al minibús: se resignan esperando que al próximo podrán subir si tienen suerte. El low cost es lo que tiene: mierda. Precios bajos, bonitas palabras, horario incumplido, condiciones  falsas y a la hora de la verdad, te metes a empujones en una cáscara de huevo inglés mientras te dan por… dos enormes rubias teutonas y el africano grita como una diva transexual.

El resto de Londres, vibra como un acordeón al ritmo de la vida más excitante del globo, del ir y venir más multicolor, del bullicio, de la luz entre la bruma y la lluvia, de la mezcla edificante y magnífica de la aceptación de todo y de todos. No pude ver esta vez más que esta basura y la que la que los propios londinenses arrojan en bolsas en mitad de sus calles, donde no hay rastro de contenedores. Ellos, tan pintorescos, saltando con sandalias de tacón y gabardina entre las bolsas amontonadas alrededor de la espina dorsal de las farolas. Bajo su luz se nos veía volver del pub, chubasquero y deportivas, partes contratantes ya de la parte multirracial de la ciudad cosmopolita del norte. Una auténtica gozada.

Nota. Las fotografías son solo una muestra diminuta de la vida londinense. Agosto, 2014.

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