DONDE HAY AGRAVIOS NO HAY CELOS

La cuesta de Embajadores es un peligro público. Tomada con el calor de la media tarde puede llevarte a la sofoquina o a algo peor, pero los chiringos viejos y nuevos que la pueblan te consuelan y permiten llegar a la embocadura si no descansado, al menos con cierta hidratación. Arriba, una de agravios y celos.

Exigencias de la rima: un título poco atrayente para una obrita encantadora.

Trama divertida y sencilla que el espectador sigue sin dificultad alguna, tópicos de la época con su toquecillo de rebeldía en sordina, caballeros honrados a ratos, damas deshonradas sin intención, ancianos padres desentendidos, criadas pícaras y gracioso, un gracioso que, esta vez, asume durante una parte importante de la obra el papel protagonista y se convierte, por exigencias de los malentendidos y los juegos de escena, en un caballero noble, pero pobre, que debe vengar agravios que conoce, pero no al ofensor, y celos que sospecha sin total seguridad. Al final, todos serán amados, honrados y perdonados, siendo así la obra un juego escénico divertido, pero digno, bien interpretado y amable.

El decorado, un acierto: sencillo, multifuncional, minimalista, agradable y sorprendente, repleto de trampillas escondidas por las que salen y entran personas y objetos, se sientan o se levantan y es plaza y sala a la vez. La música y la danza incorporada, pero con mesura, no desvirtúan el sentido ni el ritmo de la obra, ágil, divertido y preciso.

Los actores, magníficos, todos sin excepción, pero sobresale la interpretación del gracioso, un “sancho” divertido, descarado, comilón y cobarde que es interpretado con maestría por David Lorente.  Su amo, don Juan, acabará casado con su amada Inés, siguiendo así la tradición de los nombres que se repiten en la comedia española, quizá por influencia del Renacimiento, quizá por imitación de la obra de Cervantes, quizá por pura casualidad: leonores, ineses, juanes, beatrices, diegos, anas y lopes  saltan de una obra a otra como si nada, tan ligeros como plumas. A destacar las estupendas escenas de esgrima de los dos caballeros y hasta del gracioso: baile de espadas y espadachines en el escenario, momento espectacular.

Así termina la comedia,sin haberse subido ni un momento a la chepa del espectador, sin haberse colgado del alma ni del cuerpo, técnicamente buena, graciosa y leve. Aplausos sinceros desde el patio de butacas y sonrisas a la salida: se nos hizo corto el final de la cuesta. Benditos clásicos.

 

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