EL LOCO DE LOS BALCONES. EN EL TEATRO ESPAÑOL DE MADRID.

No. No es teatro. Casi nunca lo es con Vargas Llosa. Su prosa magnífica, a qué negarlo, se desparrama una y otra vez dibujando las ideas, los sueños y los fantasmas del autor a lo largo de dos horas largas, muy largas, sin ver un soplo de vida, un soplo de acción. Hasta la historia, tan simple y manida, se pierde y desdibuja en la obsesión reiterativa del loco, el propio peruano insigne seguramente, que narra, porque no hay otro modo de mover el tiempo dentro de la narración escenificada, lo que ocurre: nada.

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La hija, casada por huir del loco, desaparece al final, engullida por el monólogo continuo que se repite en casi todas sus obras, más en las teatrales: Lima, Perú, los indígenas, los criollos, los españoles, la cultura, el pasado, la historia, lo antiguo y lo moderno, lo bueno y lo malo. Una y otra vez, José Sacristán, muy en su papel, muy digno, se pasea lleno del orgullo de un ser superior que sabe  lo que merece la pena y lo que no y olvida la realidad que le rodea. Hay que salvar Lima, Perú, el mundo entero, enredado en las vigas y artesonados de madera de los balcones limeños.

El escenario, todo él una simpleza absurda y resabida: balcones colgados del telón de fondo, balcones en las maquetas que pueblan parte del escenario, un enorme balcón en ruinas en el lado opuesto y mensajes misteriosos, imágenes fijas, colores y posturas que no alcanzo a comprender. Los cruzados de su causa, de la causa (de qué causa), ataviados a lo Juana de Arco, liderados también por una especie de Juana de Arco, en postura votivas, inmóviles ante ella, como en cierto cuadro más que conocido. La cruz de los cruzados. Cruz, cruzada, panadera, tomó el arcipreste por entendedera...

El indígena, desagradable, agresivo y en un momento concreto, con la cara cruzada también por la sangre, siempre con un libro en la mano. Los balcones son para él el pasado esclavista, la invasión de los españoles, la opresión.  Demasiadas cruces.

Un loco señorito, profesor del Historia del Arte gasta su fortuna en salvar, y llevar a su casa, todos los balcones de Lima, entendiendo que salva a la propia Lima con ello. Y se hace famoso, sale en la prensa y consigue un grupito de cruzados que se manifiestan y le ayudan en su labor salvadora. Pero fracasa en su lucha, todo arde y él, dignísimo y tan creíble como las caras de la luna, se va a suicidar colgándose de un balcón, y… quiebro comparable a los “deus ex machina” más violentos, el balcón cede, el borracho que lo salva tiene dinero  para un caldo de gallina y el héroe loco se ríe, cambia de opinión y se va de farra con el borrachín desconocido. O sea, como diría, Cervantes, miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

Nada, salvo discursos larguísimos y muy bellos, repetidos durante dos horas y un quiebro final que rebaja el tono de la obra, la convierte en otra cosa y se diluye en ese caldo de gallina de la madrugada. Mucho nombre, mucho ruido, mucho tiempo… demasiado de todo, menos de teatro. Al salir, clamaba por Rojas Zorrilla y mi caldo de gallina.

 

 

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