RICARDO III. EN EL TEATRO ESPAÑOL DE MADRID

Una adaptación, no cabía ninguna duda.

La aparición del corcovado rey Ricardo sobre el escenario me aterrorizó. Solo, casi a oscuras y con una extraña vocalización que le semejaba a un beodo en primeras nupcias con la botella, arrastrando, para más inri, una silla y cojeando de manera ostensible, me llenó de espanto.

Luego, poco a poco, aquello se fue pareciendo cada vez más, y mejor, al drama, algunos le llaman tragedia, del rey Ricardo, de su mundo de intrigas y muerte y de su castigo universal: ¡Un caballo, mi reino por un caballo!

Se repetían en mis oídos las amenazas de los muertos, de sus propias víctimas que le acosan al final en su locura homicida, que le avisan de su presencia  en la última batalla para arrastrarlo con ellos al mismo infierno: Mañana, en la batalla, piensa en mí. Frasecita magnífica que Javier Marías aprovechó en su momento como título de una de sus novelas más conocidas.

El texto de Shakespeare, magnífico, salva cualquier comienzo  y cualquier final y el buen hacer de los actores, la escenificación, grandiosa y sencilla, muy ilustrativa y cercana, junto a la personalidad de Juan Diego, la ternura que inspira el tesón y la casta de Asunción Balaguer y la personalidad  de Terele Pávez, muy contenida esta vez,  llevaron a buen puerto un drama tremendo que algunos entendieron como una metáfora de la vida humana, a lo bestia, eso sí, y otros recordamos más como una intervención del autor, completamente sesgada e interesada, en la historia de su país, parte esta de una tetralogía de muerte, sangre, ambición de poder y locura, con la que nos dejó un cuadro magnífico y brutal de un mundo que creemos perdido.

No parece que Ricardo III fuera tan deforme en la realidad ni, mucho menos, un loco. Un hombre solo, falto de afecto en la versión que hemos visto, que, astuto y ambicioso, busca para sí todo el placer y el poder que el mundo le niega y muere, al fin, solo y soberbio, cuando la partida, en este caso, da ventaja al otro bando.

Todo te llevaba detrás a lo largo de casi dos horas de representación en las que Juan Diego está en escena todo el tiempo, en una postura agotadora, sin embargo, son el comienzo y el final lo más endeble de la obra: su muerte, estupendamente anunciada por las proyecciones, los colores y la música, transcurre de forma extraña, no culmina ante los ojos del espectador que solo oye un quejido antes de que el telón acabe con todo.

Me fui con la sensación de que haber llegado en medio de algo y de que alguien me había escamoteado un buen final. La dicción del protagonista es otro punto difícil de interpretar: mala, muy mala. Un madrileño diría que Ricardo III tenía frenillo. Que si el actor es andaluz, que si forma parte del perfil del deforme rey... Dudo de ambas cosas.

Dio igual. El público acabó entregado y aplaudiendo a rabiar. Es uno de esos casos, muy extraños ya, en los que los defectos evidentes se olvidan ante la entrega sincera y el corazón desnudo de algo auténtico.

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