UNA FAMILIA MUY PERVERSA EN LAS NAVES DEL ESPAÑOL

Una extraña familia. Desde luego.

El tatarabuelo, pederasta, homicida y suicida. Su esposa, alcohólica. El abuelo, muerto en accidente de coche después de dejar preñada a una camarera de hotel. La camarera, suicida. Su marido, homicida y suicida a la postre. El hijo, porque solo nace un hijo varón de cada encuentro, desaparecido en combate sin saber por qué. Él también tiene un hijo al que abandonó, sin saber por qué y de no se sabe quién, y le cae del cielo una dorada de tamaño considerable, la dorada que le permitirá el reencuentro con su propio hijo, que le llama de repente, no sabemos por qué.

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El maremágnum de familia, extraña también `por sus pocos miembros, se presenta de una forma atractiva y original en una primera escena: corren unos contra otros, entre otros, hacia otros, en un caos de paraguas bajo la lluvia y la oscuridad. La visión de ese caos se rompe por la caída ¿simbólica?, del pez celestial. El padre solitario que vive en un cuchitril, escondido de todos, pobre como las ratas y en un tiempo venidero, dejó de comunicarse con su familia, sin que sepamos los motivos aunque bastaría conocer el pasado de los ancestros de uno, con semejantes virtudes, para querer alejarse de ellos. Sin embargo, su lejanía no le lleva a un futuro mejor, más limpio y más libre, sino a la soledad, la pobreza y la vaciedad de una vida sin sentido alguno.

Huyen unos de otros, como si les persiguiera el diablo, por motivos diferentes e inexplicados en su mayoría. Salvo el hijo del pederasta que,  merced a la inteligente actitud de su cultísima y alcohólica madre que le ha ocultado, y el niño ya apunta una calvicie incipiente, el pasado de su padre y el motivo de su abandono, le busca en Australia, sin saber de él nada más que las letras de ciertas tarjetas que le enviaba, llenas de una tremenda ternura, ternura que no casa con las fotos perversas que le había hecho de pequeño, que la madre encontró y que el hijo inocente e ignorante desconoce. Y acaba como no quedaba más remedio: se muere de repente, ignorante, y padre de un niño que criará otro hombre y que se irá, como él, sin saber por qué.

Ignoro yo también qué mensaje se oculta tras este curioso argumento y esta colección, sobre todo, de varones perdidos, equivocados y solitarios. La perversa familia ¿representa a todas las familias? ¿A las familias europeas? ¿A las australianas?

A mí me parece que más bien a la familia Adams. Pederastas asesinos y suicidas, enfermas de Alzheimer suicidas también, desarraigados, solitarios, alcohólicos… Y eso sí, todo sin parar de llover. Sea en el desierto australiano o en Londres, la lluvia no cesa, en compañía casi continua de rayos y truenos. Hasta que cae el pez, y entonces, con ese pez-maná en el bolsillo, el padre final, nieto del pederasta, hijo de la suicida, acepta ver a su propio hijo, algo que le llena de pánico desde el principio, que acude a él porque sí, porque le da la gana, tal día como hoy.

Asistimos a una especie de baile de escenarios móviles, entradas y salidas de actores, cruces de tiempos y espacios, pelos y jerseys mojados, parlamentos, casi monólogos las más de las veces, y el sonido y la visión de la lluvia, impenitente, a lo largo de toda la representación.

Al final, el maná-dorada permite que se celebre la última cena. Los ancestros y los descendientes comen juntos, reunidos al fin, entregados al festín de la sopa de pescado.

No reconocí a nadie. Ni nada. No vi la sociedad reflejada en la familia, ni el atavismo heredado, ni los cambios sociales… Tan descontextualizada y etérea por un lado y tan perversa y anecdótica por otro. Del tatarabuelo asesino y pederasta al pez que cae del cielo en un mundo futuro hay tanta distancia, que me parecieron muy pocas las explicaciones y muy extraños los mensajes.

El resto, aceptable, pero no creíble. No todas las interpretaciones dieron la talla, no siempre la escenografía, gélida, ayudaba. En intentar organizar el puzle se me fueron casi dos horas. Menos mal que, al final, cenamos cuando dejó de llover. Lástima que hoy, fuera, sigue lloviendo.

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La exposición de Björn Dahlem, gratuita, invitaba a entrar. Esta es su visión de un agujero negro brillante, luminoso, en el que se van quedando atrapados todos los objetos cotidianos.

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