FAUSTO, EN EL TEATRO VALLE INCLÁN DE MADRID

Tantas versiones, lecturas a ráfagas, recuerdos y nostalgias pululan alrededor del mito, que resulta imposible, a ratos, distinguir en esta versión entre la profunda reflexión sobre el sentido del hombre, los grandes conceptos, la cronología real de la historia, la intervención del teatro en el patio de butacas, el personaje en busca de su espectador, la imagen medio gótica medio tétrica, el cabaret, la crítica a la iglesia, cualquiera que sea, la ciencia, la filosofía, la melancolía, la desesperación… o la simple estupidez humana que, teniendo mucho más que muchos, hace que algunos consideren siempre inaceptable lo que poseen.

La historia del tradicional Fausto es otra cosa. Sus orígenes envueltos en una leyenda negra que nos habla de aficiones espiritistas y diábolicas de un doctor Fausto legendario que buscaba el poder de la única forma posible: allí donde se encuentra.

Goethe aprovecha todo lo escrito y dicho e interpreta su Fausto y abre las puertas del Romanticismo que revienta en el escenario del Valle-Inclán en la escenografía de la segunda parte. El Viajero frente a un mar de nubes, o niebla, o vaya usted a saber, es el trasfondo visual de la aparición colorista y animada de la naturaleza viva y bravía del Romanticismo.

                             

Romanticismo y libertad, el individuo frente al destino, el bien y el mal, el poder y la muerte… Todos los faustos que han podido ser y han sido interpretados según el momento, con la moral en la mano, el cristianismo, el arrepentimiento, la crueldad, la soberbia, la angustia vital, el miedo… Todos pueden esconderse bajo la interpretación del director de esta versión. Mefistófeles achulado, con esposa e hijos, Margarita híbrida de sensualidad e inocencia, los ayudantes del diablo, tan graciosos como laboriosos, el enano obispal, cantante operístico y expendedor de incienso hasta la locura del público… El mal es, por definición, mucho más amplio que el bien, ilimitado y libre hasta los confines de lo imaginable. La búsqueda de la libertad y de la sabiduría, el deseo de saber y ver, ser y dominar, no es ajeno a lo más profundo del alma humana desde el momento en que Goethe, y otros después, deciden exigir que todos gocemos  de ella y de su posesión consciente y, por tanto, de la posibilidad de convertirnos en otro Fausto más.

En contra, la longitud tremenda de la obra, casi tres horas, la mezcla de elementos a veces tan dispares que convertían en parodia un texto de profunda seriedad. Excesiva la complicación del texto del Fausto, demasiado reiterativo en conceptos y enrevesado a veces en la exposición de los mismos.

Se nos escamotea la maldad brutal del intelectual soberbio y ansioso, melancólico y siempre insatisfecho que, concedido el don, destruye a su antojo todo lo que le rodea, a modo de un romántico Mr. Hyde. La muerte, que sigue siendo tan medieval como siempre, se lo lleva por delante, como a todos, sin importarle si sabe o no, si posee o no la sabiduría que ambiciona.

Excelente puesta en escena, magnífico el diálogo entre el actor y el escenario, la animación y el cuerpo humano, el texto que habla, sobre todo, de la sabiduría y la valentía que sacaron del rebaño de cuerpos al individuo y le dieron carta de presentación, derechos y dignidades

Más sencillez en algunos parlamentos menos horas, o minutos, aligerarían la carga tremenda que, desde el comienzo, aplasta al público. Le lección magistral de Fausto, nuevamente interpretado, adquiere en el escenario la apariencia de la gran tragedia del hombre. Absoluta satisfacción, perfumada de incienso por los cuatro costados y la noche fría afuera, esperando a ver si los cerebros eran capaces de procesar tanta información. Bravo.

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