EL RINOCERONTE DE IONESCO. TEATRO MARÍA GUERRERO DE MADRID.

Temía. Antes de entrar en la sala del María Guerrero sentía miedo. Miedo de que rompieran el abrazo de Ionesco, un abrazo tierno y jocoso que dura ya casi cuarenta años.  Lo conocí por casualidad, en vivo y en directo, en su versión del Macbeth de Shakespeare y, luego,  en lo que pude, que a veces no se puede. Y le he sido fiel.

Entiendo su estómago. Por lo que sea, lo entiendo. El absurdo desmonta la cantidad de patrañas, idioteces y mentiras que la lógica, la misma lógica del filósofo de la fábula, nos inyecta en vena con apariencia de innegable silogismo aristotélico. El absurdo como otra fuente de información, de posibilidad, de crítica, de renovación, y a su lado, ese aire de cuento divertido, plagado de humor, un humor tierno y cariñoso que le quita amargura y dolor a lo que nos están enseñando, eso, y su sabiduría como constructor de historias, haciéndolas crecer poco a poco, atrevidas, pedagógicas, morales.

Los actores corren, hablan, saltan y hablan con el patio de butacas durante una buena parte de la obra, con las luces de sala encendidas. Todos los rinocerontes que han, hemos, pagado la entrada se olvidan de su piel verde y costrosa, de su fuerza guerrera y de su soberbia ciega y se someten, como niños pequeños, a la magia del maestro Eugenio.

Dicen que Ionesco representa el totalitarismo con la figura del bicho descomunal. Y que la voluntad individual es el arma, única, que puede librarnos de la metamorfosis.

No lo sé, sinceramente. La belleza de la masa, agitando banderas o tirando piedras, la fuerza de los demás, unidos en comunión de ideas, de uniformes, de ideales, de objetivos… es algo tan atractivo, tan acogedor, que da alegría y seguridad. Queremos estar con los nuestros, beber y disfrutar con los nuestros, sentirnos valorados por ellos, mirarlos y reconocer en su mirada la nuestra propia. Y los nuestros siempre son, por mor del agrupamiento, rinocerontes.

Me gustó. Larga o corta, me gustó: el texto es una maravilla. Los actores, en general, bien. La tramoya, divertida y el final, pura metáfora visual.

Se apagaron las luces. No sé si el rinoceronte gigantesco aplastó a la frágil y solitaria gacela. En cualquier caso, parece que hay un montón de especies de animales entre las que elegir. A mí me sorprenden y me asustan, muy especialmente, las bacterias. Mucho, muchísimo más que los rinocerontes.

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