CARPE DIEM

Me preguntaba el otro día alguien, mucho más joven, por el sentido del “carpe diem”.

Tan antigua y tan universal, la idea eterna de aprovechar el minuto, la juventud y la fuerza antes de que el “viento helado” de la vejez destruya la hermosura, es tan sugerente como misteriosa.

¿A quién se le ocurre que no aprovecha cada uno la vida sin esperar al mañana? ¿Quién puede esperar a vivir cuando ya no le quede tiempo para hacerlo? ¿Habrá alguien que se siente, vacío de esperanza, de objetivos y de sentimientos, a esperar la muerte?

Sin embargo, el misterio y el dolor de no poder abrir la esfera para mirar dentro de ella están ahí, precisamente ahí.  ¿Ginebra con limón? ¿Agua mineral embotellada? ¿Vino peleón? ¿A sorbitos? ¿De un solo golpe? ¿Solo? ¿En compañía? ¿En tumulto?

¿Cómo coño se aprovecha la vida? Uno se cree que lo está haciendo, aunque ni siquiera lo piense. A ciertas edades de la vida, ni siquiera se recuerda que uno está vivo, sencillamente, tira del carro con todas sus fuerzas e intenta sobrevivir.

Pero los jóvenes, que van de camino y no entienden, y los viejos, que están de vuelta y entienden demasiado, tienen tiempo para girar y girar la pelota del misterio. Para qué tanto trajín, tanta prisa, tanto coche, tanta pasión, tanta juerga, tanto traje… De repente, te paras delante del espejo y ves la sombra de la noche acercándose lentamente y procuras cerciorarte de que llevas algo de valor en los bolsillos: ni la tarjeta del móvil.

¿Dónde mierda se han quedado los buenos ratos? ¿Y los malos? ¿De qué sirvieron unos y otros?

En mi barrio de origen hay dos conventos, enormes, ocultos por muros de metros de cemento en los que parece que nunca haya entrado nadie. Me imagino a las mismas monjas que imaginaba de pequeña, diminutas y eternas, paseando con los mismos hábitos tras esos muros de cemento que dan a una calle ruidosa, llena de gene y de tabernas. Todavía, cuando paso por la acera, siento a las monjas del otro lado, las siento pasear por los mismos caminos del claustro, con las mismas sandalias, en el mismo silencio. Y me sigo preguntando  si ellas saben qué significa eso del “carpe diem”.

El joven que me interroga no acaba de entender lo que le digo. En realidad, no tenemos otra alternativa que aprovechar la vida. El mero hecho de conocer el puñetero latinajo y preguntar por él garantiza que lo estamos intentando. Quizá es así de sencillo, así de fácil. Poder preguntar y bucear en los ojos de alguien que se para a escucharme cuando le pregunto por el “carpe diem”. Quizá el simple hecho de preguntar a otro, de mirar a otro, de descubrir a otro, simplemente a otro, es más que suficiente para sentir provecho y satisfacción.

Mi amigo se va, medio confundido. Los adultos no tenemos todas las respuestas. “Carpe diem”.

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