PREÁMBULO. PRIMER VIAJE A NINGUNA PARTE.

Otro mundo. Ese que parece que solo existe en las películas en blanco y negro. Vacas blancas y terneros rosados, trotando hacia el coche que pasa por una carretera vacía, sin línea central ni arcén. Animales sueltos… Del todo y en abundancia. Igual que los ríos, torrentes y arroyos que brillan al sol por todas partes, entre lo verde, entre las piedras, en las cunetas, al fondo de los valles, paralelos al camino: agua y más agua, la mayoría, en cascadas y torrenteras. Y caserones en ruinas, restos enormes, esqueletos de elefante de un pasado consumido por el tiempo. Los tejados hundidos, tragados poco a poco por la piel del antiguo caserón.

Pueblos diminutos, aparentemente vacíos, de callejuelas estrechas y empinadas, todavía con pilones de agua y sin asfaltar. Lejos de ellos, en medio del campo, completamente solitarias y cerradas a cal y canto, ermitas románicas, mudéjares… Preciosas, pero inexpugnables. El cementerio, al lado, haciendo guardia. ¡Como para quedarse allí!

Ni un coche en kilómetros. Uno duda de que vaya a alguna parte porque el horizonte está lleno de sierras y montañas y nadie viene ni va: solo hay paisaje y carretera, o camino rural, que tanto da en la mayoría de las ocasiones. Curvas, revueltas, subidas y bajadas, y el viento que silba sin cesar, el viento frío que no penetra en los huesos como en otros lugares: aquí da zarpazos. Desde los restos soberanos de un antiguo castillo que domina kilómetros a la redonda, vamos bajando, merendero nuevo, las iglesias, la plaza del trigo, el arco románico, hacia la sierra alta; fuera del pueblo, al final de un camino romántico guiado por faroles solitarios, nos espera una bellísima iglesia, o ermita, románica y mudéjar. Nadie alrededor, salvo los perros de las fincas lejanas, que nos ladran como si hubieran visto, de repente, crecer un grano en su culo.

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Las lagunas, sin mirador que permita ver a conciencia el cauce de agua, y los humedales, que lo rodean todo, azul y ocre, de ramas secas todavía. Más sierras, muy cerca, pinos y restos de incendios y luego, otra iglesia humilde, a la entrada del pueblo: dicen que es una joya su interior, pero, como todas, está cerrada a cal y canto y solo sirve de guardiana gigantesca al pequeño cementerio.

Más adelante, a lo lejos, saludan las nieves de la sierra norte, blancas cabezas casi pintadas sobre el cielo.

Y lejos, todavía más lejos, las hayas secas, lamidas por el torrente, el bendito río, bravo y desperdigado, rebosando sobre una alfombra verde, cantando con rabia entre las piedras del cauce, bajo el puente de piedra. El viento sigue soplando, aquí más que nunca.

Las tiendas, las alamedas de farolas y coches, los ruidos y los pasos de cebra, la otra soledad, queda ahora muy lejos.  Aquí y ahora acaba uno comprendiendo parte del sentido del camino tortuoso que bordea la cima. Nos engañamos: hace falta mucho valor para mirar, desde lo alto, el camino andado, tomar medidas y tiempos, valorar el paso y la velocidad y saborear con rabia o con pena el resultado del viaje. Algunos ni siquiera lo han emprendido. Esperan a que alguien les suba en coche o a cuestas, con los ojos cerrados por lo del vértigo. No llegarán nunca. A nin-g100_7751 100_7807 100_7802 100_7777 100_7775una parte.

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