GRÁNDOLA.

Puedo recordar, a veces por pura casualidad, el olor y el sabor de un mundo heroico, un mundo de rebeldía, de riesgo, de aventura y lucha, un mundo plagado de símbolos, de colores y canciones que se vivían para adentro o en grupos pequeños o en la clandestinidad, allá por los años setenta.

Hacía tiempo, no sé cuánto, que los jóvenes españoles pululaban de forma anárquica entre las asambleas universitarias, representantes ocultos de partidos que sobrevivieron exiliados, líderes sindicales  huidos, profesores de izquierdas, intelectuales en las sombras, clases, huelgas, barullos y maría. Comían café con leche y tortilla en la cafetería de la facultad que fuera y sabían, con absoluta seguridad, que alguno de sus compañeros pertenecía a lo que entonces llamaban Brigada Social, o sea, chivatos de la bofia.

Cuando aquel anciano malévolo muere, en su cama, los viejos se aterrorizaron y los jóvenes, que conocían por el terror de padres y abuelos un pasado muy cercano, supieron que era un momento difícil y que cualquier estornudo podría hacer saltar la chispa de siempre, la de las pistolas y las ametralladoras. Eran todos muy conscientes de ello. Y la luz opaca de Madrid, en aquel noviembre, era como una sopa de menudillos, donde cada uno nadaba en la grasa de su propio miedo, de sus propios recuerdos y de su propia inseguridad. Gerena se escondía, entraba y salía de las cárceles y la Joven Guardia Roja, la Platajunta después, y no sé cuántos grupos, acuerdos, conspiraciones, enredos, huidas y ocultaciones habían convertido la vida de muchos jóvenes en una especie de novela negra, pero mala.

En las calles se olía la tensión. Se volvían en cuanto escuchaban una sirena y un grupo de policías más numeroso de lo acostumbrado despertaba resquemores y sospechas. Vivían pegados a la radio y al televisor, viejos y jóvenes. Algunos viejos empezaron a pensar en volver a esconderse, sobre todo, los que temían que ni la larga dictadura hubiera borrado su rastro cercano a los partidos de izquierda, sobre todo, al Partido Comunista, el diablo rojo del viejo eterno.

No había color, ni siquiera brillo. La corona del joven, que saltando por encima de varios escalones, aceptaba el peso que el yayo le dejaba, tampoco brillaba. Aquella ceremonia bufa fue rechazada con vergüenza y asco por muchos de ellos. Todo este país era una sopa espesa de mierda, con tropezones de rencor y embadurnada de miedo.

Y el corazón se volvía hacia el rojo brillante y magnífico de Portugal, de ahí al lado. Solo unos pocos años antes, precisamente en abril de 1974, escucharon todos por la radio la canción: Grandola, villa morena. Y al escucharla, los militares portugueses pusieron cada uno un clavel rojo en la boca de su ametralladora y salieron a la calle, a jugar, a reír y a bailar con el resto de los portugueses. Grándola era la clave convenida, el suave placer de la voz de Amalia  que daba comienzo a un golpe de estado contra el dictador, protagonizado, empujado y abrigado  por primos  que en la puerta de al lado machacaban a tiros, ejecuciones y amenazas a los españoles.

Los portugueses cantaron, bailaron y tomaron las calles, todos juntos, civiles y militares, y enviaron al mundo la imagen de la inmensa e imborrable Grándola, tierra de fraternidad, donde es el pueblo quien manda. Los claveles y la canción llenaron el alma de muchos de nosotros de esperanza, de alegría y de una envidia casi insoportable.

Oliveira Salazar fue depuesto por un golpe de estado del pueblo portugués con su ejército al frente, un ejército con la boca atravesada por claveles en flor. Franco moriría, ya estaba muerto tiempo antes, en noviembre del año siguiente. La Ley para la Reforma Política fue promulgada en enero de 1977.

Fueron tres años más, solamente tres años. Aquí no hubo claveles. Pude ver llorando como a un niño a un viejo militante del Partido Comunista, que, de repente, se había colgado un llavero con las siglas de su recuerdo y lo besaba como quien besa los pies de la Macarena.  Otros viejos, poco antes, casi se envenenaron: muchos españoles brindaron a la muerte del difunto con botellas de champán que habían guardado durante la guerra o inmediatamente después.

El peligro seguía patente. Aquí no hubo claveles: hubo pactos. Hubo cicatrices curadas con prisa, con la necesidad de cerrar pronto la puerta a los fantasmas. Las primeras elecciones y la palabra libertad llenaron las calles de banderas y de jóvenes alegres y las televisiones y radios de la bendita canción de la libertad… sin ira.

Sin átomo de ira. La misma falta de ira que deben de sentir los huesos de Federico en su tumba, escondida todavía, como la de miles de españoles, desde hace demasiados años. Como dice algún cerebro privilegiado y repugnante, será que sus familiares no han tenido tiempo ni ganas de ponerse a buscar. Ni de echar sobre sus huesos un montón de claveles rojos.

Han pasado casi 38 años. Grándola, villa morena…

 

 

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