EDIPO Y YO

Una mesa en mitad de un escenario vacío y oscuro, ni siquiera negro. Cinco actores, dos hombres y tres mujeres, sin caracterización alguna, se acercan y toman asiento. Y demuestran que se saben el texto de memoria, a veces tampoco, y que lo recitan como mantras budistas de andar por casa.

Entre los cinco se lo distribuyen todo. No necesitan más que un ligero cambio en la intensidad del foco. Ni música, ni atuendos, ni escenarios… La representación más barata de una tragedia que he visto en mi vida.

Cinco actores, sin átomo de corazón ni pasión, leían un texto casi sagrado, una de las mayores tragedias de la historia, uno de los mitos de nuestra cultura, uno de los grandes metáforas del hombre, de lo trágico de su destino, de lo inconsustancial de sus planes, de su engaño sobre la libertad… La tragedia de la victoria del sino oscuro sobre el hombre que lo tiene todo, del salvador de Tebas, de la semilla de uno de los grandes hallazgos, opinable o no, de la psicología moderna; la puesta en escena del mayor de los dolores, de la mayor de las vergüenzas, del mayor de los infortunios del hombre…, sonaba como si charlara un grupo de amigos resacosos en la cocina de su casa, alrededor de un Edipo pequeño, inclinado hacia delante, sin átomo de grandeza, sin gota de pasión ni corazón, sin dolor y sin miedo, solo con memoria, la memoria de quien está acostumbrado, precisamente, a memorizar.

La historia nos la sabíamos todos, ya mayorcitos, porque a todos en nuestra preadolescencia se nos había contado en las aulas, nada más empezar a hablar de mitos y leyendas, en el mismo cole. Edipo ha estado en todas partes, imitado, citado y aludido como origen de multitud de metáforas, explicaciones o atavismos sobre nuestra cultura y el sentido mismo de raza humana. Como los antiguos griegos, no íbamos al teatro a vivir la intriga de un texto ajeno, sino a disfrutar reviviendo otra vez una gran tragedia que forma parte de nuestras vidas.

Fue un ensayo general muy corto, adaptado a los gustos del director, que sin duda recortó y reinterpretó la tragedia, la llevó a lo cotidiano, pasado por humo y gris, como un huevo pasado por agua, a medio cocer, entre el teatro leído y la desgana, entre el teatro de aficionados y el de baratillo.

Soñé por la noche que saltaba al escenario y con mi espada de fuego, echando chispas por los ojos, vencedora de la esfinge, asesina de mi propio padre, acababa con la panda de rezadores tediosos que contaban mis historia con una desgana colosal.

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Que los dioses cojan confesados a los que, mucho más valientes que yo, se disponen a disfrutar de otros dos mitos de nuestra cultura. Si el guiso se ha hecho con los mismos huesos de pollo, Medea y Antígona dormirán la siesta en el salón, con parecidos melindres y la misma tibieza que este anodino Edipo.

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