NUEVA GUÍA DEL OCIO. 1. DE BANCOS Y CASTAÑAS.

Tenía que pagar la parte proporcional del impuesto municipal de bienes y servicios de no sé qué cuantitos más o el numerito o la madre del cordero en pepitoria o la declaración de la renta.

El hecho es que aquella puerta de cristal blindado no me dejaba pasar. Repetía una y otra vez que dejase las armas en el cajetín de fuera.

Y no tuve más remedio que desistir: los energúmenos que me miraban desde dentro no tenían intención alguna de correr riesgos conmigo. Mi parche en el ojo, mis músculos de acero y mis botas de marine no les ofrecían confianza.

Me dirigí al cajetín, blindado también, e intenté girar la llave extraña que daba acceso a la pequeña caja fuerte. Inútil. El mecanismo parecía anclado a un buque de guerra hundido en el fondo del mar. Forcejeé, moví, apreté…Igual de inútil. Harta de tanto esfuerzo derrochado, miré a uno de los gorilas a través del blindaje y le señalé lo imposible de la historia. Me miró con desprecio  y me señaló algo dentro de la portezuela.

Había un letrero diminuto bajo un cajetín extraño, al lado del orificio de la llave. El artilugio exigía dinero para dejarme guardar en él las peligrosas armas que portaba. Yo quería sacarlo de dentro, pero tenía, a lo que se ve, que dejarlo fuera. O sea, tenía que pagar para poder entrar a pagar. Joder.

Lo hice. Por suerte llevaba dinero en efectivo. Dejé mis pertenencias dentro, introduje mi dinero y cerré. Desnuda casi, me sometí de nuevo al detector de entrada. Y esta vez lo conseguí. Me escupió al borde mismo de una cola de gente, mercenaria como yo, que esperaba que los gorilas les atendiesen. Esperé, mirando el reloj cada dos por tres porque el sol de la mañana hacía aguas y me iba a perder lo más lujoso de su encanto allí encerrada.

Pasaban los minutos y por fin me vi cerca de un mostrador de piedra maciza y de casi dos metros de altura, tanta, que el gorila del otro lado era una frente arrugada y unos cuantos pelillos. Y entonces ocurrió la tragedia: vi otro cartel, este más grande: Pago de recibos martes y jueves de 8,30 a 10,30 horas. Eran las 11. Confié en la suerte. Y perdí. No podía ser: me había pasado media hora del plazo establecido por no se sabe quién, pero sí por qué,  para que metiera mi dinero en las arcas del Estado. Tenía que volver el jueves. Un jueves de oro, como este martes, que tendría que dedicar a volver a aquella cárcel de vidrio y perder la mañana, la vida, la paciencia y el dinero.

Intenté salir a toda prisa. El sol se iba de paseo sin mí. Elegí la puerta equivocada y tuve que recular. El mecanismo me escupió de nuevo. La gente apiñada ante los cajetines me cerraba el paso. Luché con ellas a muerte para conseguir llegar y recuperar lo que era mío.

Salí con varias heridas y una mala leche del copón. Los mismos que me exigían dinero, me negaban su recogida, los mismos que me cerraban la puerta, me amenazaban con arruinarme, los mismos que me pedían monedas, guardaban las mías dentro y no me dejaban entrar a recogerlas. Los mismos que vivían de mi dinero me impedían contar con él, los mismos que me miraban con indiferencia, trabajaban para que lo mío fuese útil al padrino…

Saque la ametralladora del bolso y disparé. Y la estampida recorrió la estancia como si fuera de elefantes locos. Se llevaron hasta el papel reciclado y amarillento de los faxes. No dejaron viva ni la peluca del director. El sol y la paz brillaban ahora dócilmente sobre un mar de cristales rotos y bragas perdidas en el zafarrancho.  Y entonces pude, tranquilamente, pagar.

 

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