LORCA EN EL FERNÁN GOMEZ.

Oscuros sonetos… un rato oscuros, por lo menos hasta que llegamos a ellos y pudimos reconocerlos, un camino largo y tortuoso en una sala medio vacía.

Tres actores, un piano, una bata, un chaleco y poco más. Como casi siempre: ahorro de medios. Un día, no tardando mucho, veremos a un actor solo representarse todo El alcalde de Zalamea en cinco minutos, a oscuras y sin moverse del sitio.

Y había que hacer poesía, y de Lorca, en el escenario. Vaya por delante que para mí la poesía lo es hacia dentro y para dentro y no soy capaz de cortarla con un cuchillito de postre, pasearla por El Retiro ni sentarme a que otro me la lea. No se lee en alto la poesía. Y me dirán: se declama, se recita.

Pero no se trataba de un recital. Se trataba de una obra teatral, o sea, de hacer teatro sobre la obra más desconocida de Lorca. Como hacer teatro sobre los textos más ocultos de Cervantes. Por qué. Con qué objeto. Me imagino a alguien sintiendo apasionadamente, escuchando con arrobo o vibrando embobado ante las mil ocurrencias del Viaje del Parnaso. Prefiero un supositorio, con perdón.

Se me escapó, como un pájaro escondido bajo el sombrero que se levanta sin mirar nada. Era difícil, muy difícil. Una obra de encargo con un tema previo: hacer teatro sobre la obra desconocida de Lorca. Pero a Lorca, desde hace mucho, se le conoce en todos partes y se le conoce bien. A veces, demasiado. El público, Poeta en Nueva York y Sonetos del amor oscuro.

Parece que esas tres marías son las más alejadas del público en general. Y claro, el público en general, prefirió seguramente ir al encuentro de algo que les resultara más cercano.

Lo único que se podía juzgar era la selección de textos, su orden  y su interpretación actoral, qué palabra más fina. Los textos en sí son intocables: son de Lorca. De un mito, aunque muchos no lo crean, tan conocido, tratado, traído y llevado, casi, como el propio Cervantes. Lo demás, del director. Y su puesta en bandeja ante el público, de los tres actores.

Yo no vi a Lorca. Vi un montaje a la medida, un examen de final de curso con un  suficiente alto, sin demasiado riesgo, con demasiadas mezclas y con poco amor… y nada de Nueva York.

Discretos todos y en su sitio. Lejos, muy lejos de las palomas que chapoteaban en los charcos de cieno, los cuchillos o la luna.

Sin embargo, aquella tarde noche, había en la sala un grupo de gentes que esperaba encontrar al poeta de los ojos negros, al encantador de almas, casi en vivo y en directo. Sospecho que no lo consiguieron del todo, pero luego se hizo el milagro y su propia fuerza, su propia ilusión, les llevó en volandas, en alas de palomas blancas, a otro lugar donde otras gentes cantaron al poeta muerto y oculto con la voz de la magia y el corazón de la poesía. Los vi escondida entre los huecos que dejan las escaleras negras, por donde se cuelan las flores yertas de Nueva York.

 

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