NUEVA GUÍA DEL OCIO. 3. AMORES DE BARRA.

Está enamorada. Enamorada con esa apariencia ridícula que los más jóvenes ven en cualquier relación sentimental que pase de los cuarenta.

Da igual el sexo de la persona que ama: la quiere con rotundidad, con necesidad, con ceguera.

Pero no tiene ya cuarenta… ni cincuenta casi. Y asombra ver que no ha aprendido nada en su vida de vaivenes amorosos. ¡ No ha aprendido nada!

Busca a su alter ego a toda hora del día, se van a tomar cañas a cada minuto para poder verse, le compra regalos a diario, como si fueran dos adolescentes primaverales, y le habla como si estuviera en presencia de  la persona más bella del mundo, la más adorable y atractiva. Es de lo más normal.

Cuando estoy con ellas, acabo con un tic nervioso en las mandíbulas. Mi sonrisa de paseo no se esconde ni en los momentos más serios, como cuando no encuentro el baño, que eso es gravísimo a mi edad. Parecen tontas, pero tontas de remate, ridículas tontas con canas y un montón de arrugas mirándose como si acabasen de cumplir quince años.

Mi amiga defiende la relación tal como está: el amor, la ilusión, lo más importante de la vida, el sentido de todo… ¡Unas narices! Si se hubiera aplicado un poco y hubiera sacado nota en los exámenes parciales, sabría que eso les va a durar un rato: la química interna de los seres humanos, como mamíferos cualesquiera, no está hecha para soportar ese desgaste continuo durante más de unos meses. Luego, viene la realidad, la convivencia, la caca y el pis, y hay que pactar, acordar, convenir, contrastar, respetar, aceptar y reconocer que el otro no es ningún príncipe ni princesa azul, que le huelen los sobacos, tiene defectos, a veces nos molesta y necesitamos nuestro propio espacio y libertad para poder seguir evolucionando y aprendiendo, cosas ambas que nos son imprescindibles y que nadie puede hacer por nosotros. A sus edades, deberían saberlo, pero la química amorosa les ha lavado el cerebro con cerveza.

Nos pueden acompañar, a veces a distancia, como se vigila a los niños en el parque, pero no absorber como si fuéramos batidos de chocolate. Hacerlo equivale a anularnos y, a posteriori, a perdernos.

Es fácil de entender. Se trata de cuidar al compañero para que no desaparezca en el éter ambiente, ante nuestros ojos y sin saber por qué. El otro es eso, otro. No somos nosotros, joder, es otro. Tan simple.

Mi amiga siente que su amor es como su pájaro su perrito, su rey, su niña, su muñeca, su coche, su casa… Pero está equivocada. Suyo es su propio ser, nada más. Y si no tiene nada que ofrecer y dar, no tiene nada… de nada. El otro no es un trofeo ni un médico ni la máma ni la abuela ni el gato ni el coche. Es otro ser humano diferente, oscuro y misterioso a veces, con su propio pasado colgado de los hombros, por eso los ancianos andan encorvados, y sus propios objetivos.

Me he marchado. Allá se quedan, acodadas sobre la barra, mojados los codos de espuma de cerveza, engullendo aperitivos con la cara de bobos más lamentable que he visto en mucho tiempo. Me iré de viaje, no sea que cuando se acabe el hechizo, vengan a buscarme para llenarme de lágrimas y babas. Está escrito.

 

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