NUEVA GUÍA DE OCIO 7. BENIDORM

Nunca es tarde. Lo dice la gente que todavía no ha cumplido los 45. Pero están equivocados.

Cuando los ojos empiezan a ver borroso, con gafas o sin ellas, las rótulas se desmoronan, la memoria se agita como una guinda en la copa de vermú y las carnes morenas y prietas parecen restos de mascarilla facial de puro lodo, entonces es tarde, muy tarde.

No para todo, es cierto, porque mientras late la patata hay tiempo para ver el sol, o sentirlo, y para acordarse de la familia de algún que otro malnacido.

Pero es tarde para rehacer nuestros enormes errores, para poder evitar aquella estupidez que te costó tan cara y que era tan evidente, tarde para subir a al tren y escapar a pesar del miedo y del riesgo, tarde para volver a ver a aquel amigo querido que ya no existe, tarde para perdonar, tarde para olvidar, tarde para cambiar.

Lo hecho, hecho está y el recuerdo de lo vivido te permite, si eres mínimamente inteligente, pasar revista a la trayectoria, entender por qué viviste como viviste, por qué dejaste que te hicieran daño y por qué lo hiciste. Para esto, desde luego, nunca es tarde.

No. Nunca es tarde para comprender. Si es que uno se atreve a enfrentarse con su propio pasado y a intentar comprender. Y tragar como pelotas de basket verdades dolorosas que te dejan el estómago como un castillo de arena barrido por el mar.

Pero no suele ocurrir. Veo a menudo a hombres, y menos mujeres, deambulando por las calles que rodean un conocido albergue de itinerantes. Tienen la mirada perdida y la boca pronta a pedir. Se perdieron hace muchos años y ni el tiempo ni la sabiduría les ha ofrecido redención alguna. Tampoco a los viejos gallos que ya no pueden con los pantalones y todavía presumen de batallas imaginarias y méritos estúpidos. Ni a las mujeres mayores ataviadas con terribles minifaldas que enseñan sus varices y sus piernas flacas y torcidas.

Las calles están llenas de hombres y mujeres solos que buscan a alguien con quien hablar, incluso, a alguien que dé sentido a su vida, que les dé compañía, cháchara, apoyo o bienestar.

Los hay a patadas. Bien o mal vestidos, aparentando o no felicidad y reposo, nerviosos o calmados, bebedores, jugadores de cartas, marujonas cotillas y envidiosas,  bebedoras de cerveza…

Manadas, legiones de gente que ya no cumple los 50 ni haciendo una novena a la virgen de Fátima. Solos. Viudos, muy pocos, viudas, muchas más, separados y divorciados: la leche en bote.

Y como hace siglos, la mayoría ha elegido olvidar. Es menos doloroso. Vivir en el sueño de la eterna juventud, aprovechar la vida, hacer lo que les place sin mirar atrás ni adelante, dejar a un lado los principios, los compromisos y las obligaciones que les atenazaron antes.

Y tienen razón. Ya es muy tarde para poder hacer cualquier otra cosa. Ya de nada vale arrepentirse, ni buscar a quien no existe, ni intentar  evitar el dolor que uno causó. Hacer memoria duele y puede, incluso, crear problemas de salud. Por eso Benidorm  está lleno de gente mayorcita: no hay otro sitio al final del arco iris.

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