NUEVA GUÍA DEL OCIO 8. RUTAS POR ESPAÑA.

Un grupito medio de gentes de edades variadas, parados en cualquier esquina, en cualquier portón de iglesia, en cualquier plaza del centro. Todos mirando hacia el mismo sitio, embobados, intentando descubrir el ala rota del arcángel de piedra que está encima del cimborrio de bronce oxidado que corona la cúpula del edificio aquel tan antiguo que …

Pero son más comunes otras formas de hacer rutas: los viajes en grupo. La ruta de los grandes lagos, la ruta de las grandes montañas, la de los fiordos, la del Rhin, rutas por Nueva York, Roma o Madrid, a pie o en autobús de abrelatas, de unas horas, unos días o unas semanas incluso.

Rutas de los museos más importantes, de los jardines famosos, de las calles más típicas, de las catedrales, los zoológicos, los parques de atracciones…

Rutas por senderos de todas partes, montañas y valles, rutas en bicicleta o moto, o cosas peores, llenando de mierda y gasolina y reventando plantas y hierbas  aquellos mismos que se llaman, con total desvergüenza, “ecologistas”. O sea, no estropeéis la naturaleza que ya me ocupo yo de hacerlo los fines de semana, a pata o encima de dos o tres ruedas. Cojonudo. Con no tirar las mondas ni las botellas en cualquier parte ya me he ganado el derecho a atravesar cualquier lugar por virgen y valioso que sea. Hermosísimas rutas muy modernas y progresistas, pero, sobre todo, inmensamente coherentes.

Desde hace menos tiempo, se ofertan pequeñas rutas urbanas, baratas, asequibles, de unas horas y a pie, en las que un profesor de Historia, o aledaños, en paro, te va explicando todo lo posible sobre los fantasmas de Madrid, los crímenes más truculentos, las mujeres importantes de las que nadie se acuerda ni se acordará por mucha ruta que se haga, las leyendas románticas, las casas de los grandes escritores…

Ahora ya se organizan rutas hasta para ver pintadas, “graffitis” en fino. O sea, una empresa se lleva un dinerito, poco o mucho, por llevar al grupito de curiosos a pata por Madrid, el caso que conozco, para que vean aquello que todavía no sabemos si es o no legal, si es o no arte o artesanía, vandalismo de poca monta  o se trata de hacer prácticas de aficiones personales en los espacios públicos. Pues bien: también dan para organizar rutas.

Y no me extraña. Hasta los antiguos comunistas utópicos, ancianos ya, organizan rutas para ir de emisora en emisora de las radios de supuesta izquierda para vender el libraco que va a salir en diciembre o enero, mientras habla, con total tranquilidad, de que la forma más clara de estafa y robo social es la propiedad privada y su medio, el mercantilismo. Jódete. Como si el respetabilísimo intelectual no hubiera cobrado ni estuviera vendiendo su libro a través de las ondas.

Cualquier día se me ocurre organizar rutas para ver los cajeros más visitados por los indigentes, los rincones con más cantidad de orines de cualquier barrio,  la ruta de los botellones de España (la del bacalao y similares ya es muy antigua), la ruta de los poblados chabolistas, la ruta de las viejas beatas ( la de las imágenes por las calles también es muy antigua), la ruta de los bares más guarros, la de las tapas y los vinos es añeja ya, la de las familias con más prole, la de los barrios con más cantidad de bolsas vacías y mierda  en los parques…, las posibilidades de mercado son infinitas.

Parece que a los seres humanos nos encanta que otro, sepa o no sepa, que jamás le pedimos la documentación, nos cuente lo que ya sabemos o podríamos saber a poco que nos esforzásemos, pero en movimiento y  masa. Debe de ser una especie de adicción a la Física de partículas sociales clónicas. El mercantilismo, o sea, vender lo que sea como sea y a quien sea, es lo que tiene. Los que saben de Física de partículas de esas aprovechan el tirón y ahí estamos, todos moviéndonos en grupo, como átomos gigantescos y sonrientes, encantados y embobados, deseosos de pisar, correr, mirar y escuchar en compañía, aunque uno no tenga ni puñetera idea del nombre de la molécula que le toca el brazo porque no le da el ángulo para ver el cuadrito de la resobrina nieta del vizconde de Tarazona un día que se hacía pis cuando su tío cazaba. Expuesto en La Caixa, por supuesto, o en el Thyssen, claro.

Deberían prohibirlas, sobre todo las rurales. Para hacer una ruta en Metro, te tiras las horas esperando un tren en un andén, amén de darte un paseo para entrar y otro para llegar a tu verdadero destino. Corres el peligro de que te roben e, incluso, de que te soben. Es barato, cierto, pero también cobran, y nadie te guía ni te explica nada, no ves un pijo sentado o de pie, depende de si el papá del niño que no ha pagado billete lo coge en brazos o prefiere robar el dinero al resto de los tontos del vagón, oyendo un ruido espantoso, oliendo lo que se tercie, y bamboleándote en contra de tu voluntad.

Puestos a ser justos, pongamos Metro en los Pirineos: me apunto la primera a 1,50 euros: una gozada recorrerlos en un vagón de Metro atestado de gente. Y solicito que se pueda fumar, entrar sin lavarse y tocar el culete de alguien que esté potable.

Yo me voy de ruta el mes que viene a visitar todos los campos de judías verdes de la comarca de Los Llanos. La organiza un señor muy sesudo y culto que nos va a explicar todos los secretos sobre la cría y el cultivo, recogida y posterior embalaje de la judía verde ancha. La ruta de la judía estrecha la dejo para el año que viene.

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