EL ARQUITECTO Y EL EMPERADOR DE ASIRIA EN LAS NAVES DEL ESPAÑOL

Arrabal, Fernando, no me gusta. Su patinaje mental, que dura ya muchos años, le asemejan a un  autor- espectáculo, de esos de las rebajas,  y a mí me producen rechazo cierto tipo de representaciones. Manías.

Pero su obra, no. Su obra es otra cosa. A su obra no puedo negarle el valor, la valentía, la osadía, la inteligencia, la novedad, la sorpresa, el desatino, el humor, la genialidad…. No puedo negarle nada.

No me importa si es ya un anciano y gusta de llevar varios pares de gafas en paralelo a modo de polidiadema o si bebe donde le place y se mea donde le apetece. Me es igual. Probablemente, no compartiría con él ni un café. Compartir cafés y veladas con semidioses o lameculos de los mismos es una tortura insoportable para mí.

Pero su obra, no. Su obra me hace feliz.  Me pasa como con la cecina de pueblo, tan fea por fuera, tan oscura y  gris, pero tan deliciosa cuando le quitas el pellejo y te la introduces en la boca. Y tanto me gusta esa cecina, que hasta esos pellejos, y las entrañables carnes fofas de  los habitantes del mundo, de la isla, del cosmos, del universo…, que trotaban ayer por el escenario, resudando, gritando, dejándose los mismos pellejos en el escenario, me parecían también deliciosos.

 Nada más placentero que sentir  la pasión de otro al lado, que sentir la transparencia de otro de cerca, que recibir la inteligencia desvergonzada, el guiño veloz, el reflejo del cazador de la sabana que te seduce con su aliento de mierda, de una idea a otra, encadenándote como a un cristo de una palabra a otra, de un culo a otro, de una blasfemia a otra, de una irreverencia a otra, de una amargura a otra, de un ciclo a otro. Uno y otro, jugando por el universo a repetirse una y otra vez, a ser uno y otro una y otra vez, eternamente, dioses y emperadores, cristos y rufianes, solos y necesitados de compañía, siempre, asqueados y asquerosos, desvergonzados y provocadores, reales como un truño de elefante, deseados y deseantes como los sueños que los hombres nunca cumplirán, dioses y cagones eternos dando vueltas por el escenario del mundo y del orinal, muertos y matados de risa.

Fernando Albizu y Alberto Jiménez me enamoraron. Los dos creían ser quienes aparentaban aun sabiendo que no lo eran. Los dos esforzados, punzantes, apasionados, procaces, divertidos, cambiantes como fases lunares de unos segundos. Se dejaron la piel y las mollas sobre el escenario en un alarde de realismo que agradezco terriblemente, harta de ver fluir el bótox por nuestros escenarios como si fuera sangre de cordero degollado. Nos miraban, les mirábamos, y yo veía en sus ojos mis propios higadillos.

Poca gente en el teatro. Arrabal asusta, porque era viernes y no llovía y se podía aparcar con cierta facilidad en los alrededores. Había garantías. Autor premiado y elogiado, alabado y adorado en todos los libros de literatura del universo, incluida Asiria. Millones de ensayos sobre él, entrevistas en radio y televisión, estrafalario y famoso por muchas razones… Su fama universal es incuestionable y a pesar de ello, había poca gente en el teatro.

Me da igual; mientras escribo esta idiotez, cientos de esclavos me hacen cosquillas con plumas de ganso viudo. El arquitecto ha dado orden de que se haga de noche. Vamos a la cama, todos juntos, a ver si Fernando, al menos para dormir, se quita las putas gafas.

 

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