ADIÓS.

Sé que solo unos cuantos lo vais a entender, pero no importa. Desde el día en que le vi, al otro lado de la enorme mesa, con el pelo blanco y la sonrisa entre tierna y triste, supe que le quería.

Tenía algo que no puedo explicar, pero que me pertenecía. Había algo en él que me olía a las risas de mi  infancia, al cariño de mi abuelo, a la ternura de mi propia madre.

Él no disimulaba tampoco. Percibía sus miradas y su alegría cada vez que yo hacía alguna tontería, cantaba algo o contaba una broma.

El primer día me habló de su cruz y de su miedo y yo lo sentí. Y desde lejos, sin vernos, he seguido recordando su sonrisa y su mirada.

Envidiaba el amor con que su marido lo cuidaba, la belleza de la  imagen de ambos, y he deseado durante estos pocos años que la vida les concediera un margen largo, que fuera generosa con él.

Pero su tiempo se ha terminado. No necesito despedirme de él. No me despediré de él nunca porque le seguiré recordando, vestido como un pincel, guapo como un viejo ángel, sonriente sobre la pena, con los ojos brillantes a pesar del miedo.

Solo deseo que la soledad sea más dulce con su compañero y le permita sobrevivir al dolor de la mejor manera posible.

A los dos, vivos siempre para mí, todo mi cariño. Y mi recuerdo.

 

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