NUEVA GUÍA DEL OCIO. 12. TIEMPO.

La vida no es más que el espacio de tiempo transcurrido entre la nada y el vacío. Una anécdota caprichosa que nos escupe en un canal y nos echa a patadas cuando le parece.

Pero en ese espacio  de tiempo, histórico, coincide uno con  gente, gentuza y gentecilla que no lo entiende y lo pierde en idioteces inútiles. Bien es verdad que, al fin, no vamos a llevarnos nada de aquí. Cuando suene la campana, cada uno, tonto o listo, pobre o rico, comprometido o no, se esfumará en el éter ambiente como el humo de un cigarro. Y su imagen acabará, tarde o temprano, perdida para siempre.

Por eso, el interés estúpido y tremendo por parecer, por lucir, por generar admiración alrededor, por hacerse oír a toda costa, aunque sea haciendo el ridículo , en las redes sociales o fuera de ellas, por agredir, por insultar, por acaparar…, no tiene sentido. A no ser que haya un motivo altruista, generoso, útil, para hacerlo.

Pero la mayoría de lo que veo y oigo son solo sartas de memeces copiadas unas de otras, groserías sin análisis previo, propias de adolescentes en evolución y no de personas mayores y maduras que deberían haber aprendido algo. Por eso, casi admiro a los sinvergüenzas. Al menos, pierden el tiempo estafando y mintiendo en provecho propio. Por ejemplo, admiro a ese grupo de sinvergüenzas empeñados en hacernos creer que la imagen que venden es fetén y que un moño tipo nido en lo alto del cogote, estirado como el de mi tía abuela, es estético y favorece.  Que el pelo blanco en las mujeres maduras da imagen de intelectual liberada y no de vieja, que los tangas no se notan bajo los pantalones de punto ceñidos, que las viejas de rubias no lo parecen, que los viejos con alzas parecen estirados y altos, que los músculos bajo los pellejos se notan como si se tuvieran veinte años y los pellejos, no… Pero es mucho peor otro tipo de estafadores, y los hay a montones, por ejemplo, los que venden libros maravillosos en entrevistas pagadas que son solo publicidad no declarada y sus libros, una mierda.  O los que venden música vomitiva, sin voz, sin oído y sin transmitir otra cosa que gritos espantosos maquillados por ordenador. Ya sé que la sociedad vive de eso, de puras apariencias. Ni los putos tomates lo son de verdad ni los huevos ni las telas,  todo es un inmenso negocio, del que no excluyo a los vegetarianos, a los animalistas ni a los que predican y no dan trigo, el resto. No hablemos ya de grupos religiosos o sectas, sin más, y tampoco excluyo a ninguna.

La contradicción está instalada en  el alma del hombre, pero tengo el pálpito de que en otras épocas los hombres mejores se esforzaban por explicarlas, por desmontarlas, por servir de guías… Eran ellos, los mejores, los más sabios, lo más limpios o los más valientes los que servían de ejemplo, los que cantaban la gallina al resto.  Ahora, nuestros guías son estafadores o peleles manejados  por ellos, peleles que venden monstruosidades a precio de moda, de obligación moral, de camino abierto, de obligación social, de tendencia, de palabras vacías, de promesas utópicas, de … puñetera mierda.

Todos son tendencias, repetidas  imitadas a millones por millones de imbéciles que las convierten en realidades universales, sin el menor análisis previo.

Lo malo es que yo, que soy egoísta, siempre he tendido a ser un tomate de los de antes o un huevo de gallina de corral de las que andaban solas por el pueblo. Y me importa tres narices casi todo.  Esperaba encontrar algún tomate de pueblo o algún huevo de corral, de verdad, auténtico, pero no quedan. Debieron de extinguirse con la primera  glaciación.

Por eso, me he comprado unos tapones de silicona y unos quevedos nocturnos que llevo puestos todo el día. Así no oigo ni leo, aunque parezca mentira, la sarta de pedorras mentiras, halagos, grititos de alegría falsos, adulaciones, presumidas frasecitas, cumplidos empalagosos, posturitas de moda, falditas de tendencia, mechas de mentira, extensiones de hombres y de mujeres. No estoy a la última, no voy con las tendencias, más bien lo contrario, pero no es por molestar: es que no tengo tiempo.

 

 

 

 

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